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Í 15; te 2 4 v. LA C O S E C H A DE POESÍA s la hora del invierno, el invierno negro j cerrado. Cuando llueve, cuando nieva, -lestros ojos de ciu. dadanos se vuelven hacia el firmamento é increpan con ira á las nubes: ¿para que tanta lluvia, para. qué tanta nieve... Sin embargo, separándome del sentimiento de mis compañeros ciudadanos, y a pido al cielo que llueva, que nieve; ¡que llueva y que nieve para que los campesinos rían, para que los campos se empapen, para que las semillas crezcan, para que luego, cuando la primavera llegue, ra mos todos, lo mismo los campos que los hombres! Yo no poseo tierras de labranza, árboles ni trigales, y ésta es mi desventura; pero mi amor por la tierra es tan grande, que, á pesar de no tener mío ni un palmo de terreno, se me figura que todo el globo terráquea me pertenece; la tierra es mía, efectivamente, puesto c ue mi amor la abarca con un abrazo inmenso. Aunque no consta mi noinbre en ningún Registro de la propiedad, aunque nunca he podido plantar un cercado de dominio, toda la tierra es mía en realidad, porque ella me ofrece generosamente su belleza y su aroma, y porque en último término esa tierra á quien amo me recogerá algún día y me tendrá bien abrigado cuanda me tienda á dormir el sueño eterno. El campo es de aquel que siente veneración por las cosas humildes; el campo es pródigo y se da á todos. No importa que el labrador coja la espiga, el fruto, la hierba; el campo, al dar el fruto, no se da co. mpletamente: queda la poesía, que se la reserva el alma. Y esta poesía del campo no se agota nunca, y puede re cogerla cualquier indigente que pasa por un sendero. Los frutos más ricos del campo están reservados, n a al solícito labrador, sino al vagabundo, al caminante, al poeta y al enamorado; esos espléndidos frutos, de una fuerza divina, son aquella sombra grave que inunda la espesura de los bosques, aquel silencio religiosa de las solitarias montañas, aquella frescura de los mansos ríos, aquel viento suave y gemebundo, aquel cantar ledo de las aves, aquel claror virginal de la mañana, aquella paz solemne de los crepúsculos... Que nieve, pues, que llueva, para que germine la semilla de idealidad, para que luego recojamos nuestra graciosa cosecha de poesía. J. M. a SALAVERRIA DIBUJO DE MARTÍNEZ ABADES, E