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y 1 r Nn de esos terribles hig- ienistas, nacidos para amargar las horas de la humanidad, acaba de demostrarnos el peligro del bigote. Para llegar á este desagradable resultado, el minucioso alarmista localizó un beso masculino, encontrando en la superficie femenina agasajada una porción de microbios procedentes del pelo que nace sobre el labio superior (Diccionario de la Academia Española. 13. edición. Página 140) -del caballero. Ya sabíamos que el bigote es uno de tantos hoteles del cuerpo humano, donde los bacilos encuentran cómodo alojamiento; pero ignorábamos que le abandonaran sus inquilinos para hacer excursiones á las primeras de cambio. Nada más cierto. I, a ciencia nos convence con sus argumentos, 5 al asegurarr 3 S que por el bigote viene también la muerte, nos infunde el saludable temor á los contagios. Y véase cómo en ciertas repulsiones tradicionales hay un instintivo sentimiento de defensa... Generahueute los yernos rechazan los besos de su suegra, que suele ser bigotuda... ¿No demuestran así, instintivamente, el miedo á la muerte y el amor á la vida? Padres los que tenéis hijos... ¡Afeitaos antes de besarlos, y así os evita réis muchos remordimientos de conciencia! No sabemos si los hombres del Norte llevarán el rostro limpio de pelos- -así de los que nacen sobre el labio superior como de los que bajo el inferior aparecen- -por estética ó por higiene; lo cierto es que con esa costumbre tienen mucho adelantado para ser los preferidos en ciertas agradables manifestaciones del cariño. De igual beneficio disfrutan, y por las mismas causas, los cómicos, los toreros y los demás individuos de las especies depiladas de la familia humana. ¡Dolorosa enseñanza la que difunden los hombres de ciencia en nuestro tiempo! Hace poco nos enseñaron á rechazar la mano de nuestras amistades, porque son también conductoras de gérmenes mortíferos... Y poco á poco se irán suprimiendo todos los contactos por miedo á los contagios consiguientes; conque la humanidad acabará por disolverse, puesto que el hombre tendrá que vivir aislado de sus semejantes. El microbio del beso, el microbio del apretón de manos, el microbio del... ¡En todo hay microbios! Las más puras afecciones de la vida han de quedar ocul tas, si queremos evitar las afecciones más impuras. La carne, el pescado, las legumbres, el vino, laleche... ¡en todos los alimentos hay, ó puede haber, microbios que quieran á su vez alimentarse de nosotros... La tragedia del hombre moderno es la más dolorosa de cuantas la Historia registra en sus pájginas, llenas asimismo de microbios de todas clases... En su mesa, en su lecho, en su casa, en la callCj en el paseo, ¡en todas partes! está rodeado de esos insaciables enemigos que traicioneramente z? le acometen... Y tan odiosa é insufrible es la preocupación que su existencia crea, que por ella podemos escribir este axioma lapidario: Para vivir con tranquilidad, lo mejor es morirse. ¡Felices nuestros primeros y nuestros segundos padres, que no conocieron á tan terribles enemigos, y si los conocie y; ron, no los trataron! ¡Quién nos dijera, orgullosos como siempre fuimos de nuestra importancia y de nuestro destino sobre la tierra; quién nos dijera que íbamos á vivir! esclavos de unos animalillos que tanto significan con su insignificancia! GIL P A R R A D O t o l