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uaza. Invita á cenai al muerto, y la estatua acepta, bajando por tres veces la cabeza triple cabezada que emociona un instante á don Juan; pero pronto se anima, le deja un guante en señal y se va con Arlequín, que está casi muerto de miedo El cuadro quinto pasa en una sala excelentemente preparada para el banquete En la mesa hay muchos platos con apetitosos manjares capaces de resucitar á un muerto, y Arlequín, que estaba casi muerto liada más, revive viéndolos y abraza á su arao, iemostrando su gozo y su glotonería. Damas y galanes invitados á la fiesta bailan un rato para abrir el apetito; siéntanse después á la mesa, pero un ruido bronco los despierta, y la aparición del comendador les hace huir aterrorizados. Sólo don Juan conserva su valor, é indioa á la estatua su deseo de cenar con ella; pero el comendador expresa que él no come ya viandas del mundo y que desea pagarle el convite en su casa sin duda para que conozca las novedades culinarias de ultratumba; don Juan ajepta, como es de suponer; la estatua se retira, y el audaz libertino con galante atención sale acompañándola con una luz hasta la puerta acaso para que no tropiece ó se extravíe. Arlequín, que ha estado escondido debajo de la mesa, cuando su amo vuelve se despide de él para siempre, cansado de ver visiones y de sufrir temores y sobresaltos. De buena se libra n o acompañándole á la casa mortuoria del comendador, que es, por lo que se ve, capaz de meter el corazón en un puño al menos apocado y pusilánime: una sala de luto con una mesa pequeña con mantel negro, y en el medio un pastel grande, dos sillas también negras y dos candelabros con velas amarillas Por ser el cuadro principal del baile bien vale la pena de transcribir la descripción, que no tiene, en verdad, palabra que sea de desperdicio: La estatua está apoyada en una silla, en ademán de considerar los desaciertos de don Juan, á cuyo tiempo entra éste, y al verse en uu lugar tan triste, se suspende un poco. Vuelve la cabeza y descubre al comendador; entonces se asombra de nuevo. El uno admira el valor que tuvo don Juan paia aceptar el convite, y el otro el lúgubre aparato. La estatua le dice que se siente á cenar, y queriéndose acercar resueltamente á la mesa, apenas da un paso cuando vuelve atrás confuso y tímido; mas al íin se resuelve y se sienta. Ei t) nces la estatua le da un golpe en la espalda, le leñala aquel sitio que infunde pavor, le advierte que recuerde sus desórdenes, y puesto que todavía tiene tiempo para implorar el perdón de sus culpas, que lo aproveche; de lo que se burla den Juan, diciéndole que no quiere. Segunda vez le suplica que no sea loco, que se arrepienta, y le responde que no se canse. Se pone á partir el pastel, que se le convierte en una serpiente; al ver esta transformación, implora á la estatua á su favor, la que le reconviene y dice que ya no es tiempo En este instante desaparece la estatua y la escena, y don Juan se encuentra en el Infierno (cuadro séptimo) donde le persiguen todas las furias, formando varios grupos. Después de haberle atormentado mucho, le encadenan y meten en la boca de un dragón infernal, con lo que termina el baile. El estreno se verificó el i. de Octubre de 1788, y el baile alcanzó gran número de representaciones en aquella temporada, que fué bruscamente interrumpida á mediados de Diciembre por el fallecimiento del rey Carlos III. Un poeta festivo de la época, D. Francisco Gregorio de Salas, encontró con motivo del estreno asunto para uno de los numerosos epigramas que han dado á su nombre alguna celebridad. Habiendo dicho al autor que era primoroso el baile del Convidado de piedra, y señaladamente en la última mutación, que es la del Infierno, dijo el siguiente: No es mucho que en el Infierno con tal destreza se baile, porque los que van allá todos son buenos danzantes. Al pie del epigrama creyó necesario el autor poner una nota aclaratoria, quedando aquél entre nota y encabezamiento convertido en una especie de sandwich ó emparedado Esta voz (danzantes) sólo debe entenderse en el sentido usurpado con que regularmente iiamamos á la gente de mala conducta. Don Juan Tenorio quedaba declarado danzante por partida doble, como protagonista del baile y como hombre de conducta mala. Pero si don Juan en las calderas de Pero Botero tuvo entonces condenación eterna como danzante, en el sentido usurpado de esta palabra, en el escenario de los Caños del Peral logró á la vez gloria, aunque efímera, como danzante en el sentido propio del vocablo. Y no es posible pedir más sentidos tratándose de uu baile trágico- pantomimo, del que podría decirse, empleando una frasecilla popular, que era... de los que quitan el sentido FEUPE P É R E Z Y GONZÁLEZ DIBUJOS DE líEGIDOR y i u 1 r V-