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Y tan calladamente y tan hurañamente corneo había vivido, murió la monja del rosario milagroso el día mismo en que la última cuenta de hueso se convirtió en purpúreo grano de coral. El padre visitador de la Orden llegó á la Humildad cuando acababa de expirar la monja. líncontró á las madres alborotadas y zumbadoras, como colmena en peligro, y preguntó la causa. Le refirieron el hecho singular, y como para él no había clausura, le llevaron á la celda donde la madre Soledad, vestido su hábito y con una cruz entre los dedos, dormía su último sueño, semejante en todo á una ascética efigie de cera amarilla. Sobre el halda de su sayal descansaba el rosario, parecido á un reguero de sangre salido de las entrañas. ¿Y dicen sus mercedes que antes este rosario era de huesecillos? -preguntó el padre visitador, gallardo anciano de barba nivea, arrogante estatura. -Todas lo podemos asegurar- -exclamaron las madres á un tiempo. Campaneó el visitador la cabeza y se acarició el chorro de plata de las fluv iales barbas, meditabundo. Después sonrió, tomó el rosario y le dio vueltas entre los dedos. Por último, dirigiéndose á la abadesa, ordenó: -Que avisen al confesor de la difunta, deseo hablarle. En la sacristía se encerraron los dos religiosos, el fraile y el monje- -porque el visitador era bernardo, y capuchino el confesor. -Un velón típico, de latón reluciente, les alumbraba, y entre la penumbra de la estancia abovedada y solemne, destacábase la dorada talla de los marcos y el diminuto lazo de alguna cornucopia, suspensa sobre la cajonada que encerraba las vestiduras. El visitador fué directamente al asunto. -Dígame su paternidad qué hay de eso del rosario de la monja que acaba de morir, porque todo ello trasciende á inocentada de las benditas madres, y yo no gusto de que anden divulgándose casos milagrosos que sólo están en la imaginación y dan que reír al padre Feijoó y al padre Sarmiento. El fraile se recogió un instante antes de responder. Su frente calva, sus ojos de fuego hundidos, sus sienes surcadas, sus labios delgados, amoratados, le daban semejanza con los San Jerónimos de Ií. ibera. Y en efecto, el padre Mauro estaba casi en olor de santidad. -Me pide su paternidad cosa en que yo no podría obedecer, si la madre Soledad no me hubiese rogado que, para edificación de todos, revelase este misterio. Eo que voy á decir es lo mismo que ella diría, caso de estar viva y de mandársele por obediencia que hablase. Por mi parte, nada tengo que añadir á sus palabras. No atestiguo: refiero. Sepa, pues, su paternidad que esta monja fué muy desgraciada en el siglo. Y todavía, á su desgracia superó su humillación y vergüenza. Era una doncella muy noble; su padre, viudo, se había vuelto á casar, y la trataba con despego, dureza mofa. Su madrastra la obligaba á servirle de criada, á calzarla, á recoger la basura, á fregar los suelos. Su hermano, el que debiera defenderla y ampararla, la quiso entregar á un rico libertino y viejo que la rondaba, y bueno fué que algún ángel protegiese su pureza; y por remate, un hidalgo de quien honestamente se enamoró, la sacó de su casa con engaño, y como eila no accedía á sus malos propósitos, la hizo presenciar sus solaces con otra mujer, y después la echó á la calle, de noche, riéndose de sus lágrimas. Entonces el demonio se le metió en el alma á Soledad, inspirándola una sed de venganza tan rabiosa, cjue entró en la tienda de un armero y compró un puñal, con resolución de darles por los pechos á su madrastra, á su padre, á su hermano, á su amante, á cuantos la habían ultrajado y afrentado inicuamente. Se escondió en la alcoba de su padre, y, al verle dormido, alzó el puñal. Un dolor agudo en el corazón la dejó paralizado el brazo; el arma cayó á sus pies. Entonces echó á correr y no paró hasta la puerta de esta santa casa, donde por caridad la admitieron, líizo una excelente monja; pero es el caso que, mientras por fuera practicaba la humildad, interiormente sus afanes de venganza persistían, su alma seguía apuñalando. Día y noche deseaba á los que la habían burlado toda clase de males, la muerte, y ¡cosa horrible! la muerte en pecado, sin tiempo á arrepentirse. Decíame no poder vencer tales deseos y gozar en ellos con delectación infinita. A fuerza de exhortarla, á fuerza de luchar, un día me declaró que j a sentía impulsos de perdonar á su padre. Al día siguiente una cuenta del rosario era de coral, y la madre Soledad gimió: Es una gota de mi sangre; la he sentido subir y caer de la boca... Poco á poco, con tremenda batalla, fué perdonando, perdonando... Sólo al que tanto amó en el siglo, no acertaba á perdonarle nunca; no había medio de arrancar de su espíritu alodio. Haré penitencia- -me decía- -me azotaré... pero eso de perdonar á aquel infame... No- -contestaba yo siempre. -Dios no te pide que te abras las carnes; te manda que abras el corazón a l a miserii rdia. I, a mañana del día de su fallecimiento me llamó, y entre fatigas me dijo. Ee he perdonado, y del w: ínerzo de perdonarle, me muero. Entonces vi que el rosario era de coral todo. ¿Y qué piensa del caso vuestra paternidad? -interrogó el capuchino. -De casos como éstos, no pienso nada; me postro. Si hubo superchería en la madre Soledad... allá ella y Dios. He cumplido su voluntad. l í e contado lo que he visto. EMILIA PARDO BAZAN r i cs DH IMI NDEZ BIÍINGA