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Cucllícheaban las reclusas á la salida del coro, en las hoias de recreo, en el huerto üor los claustros- P q n h i f l niadre Gregoria? ¿Era una ilusión de la vista de la madre Celia, con su p C d p L de fat S y I a s v e M ar asr P 1 d i e r r f c T a h o r l V a 1 r r o t r o t f T porteuto- indiscutible- cuanto que la madre Soledad con ser muv buena no se f. -ní t las monjas que espantaban por sus mortificaciones. Parecía más uatural qu al r e S r s e un piodigio dentro de las paredes de la Humildad, recayese, por ejemplo, enTor í e o c S a q u e llevaba f r z ruíes con la u o n o f Auuanda, b n a a disciplinazos los viernes; ó en sor Expectación, que se -riam nte trazaba en ei- u lo delcoro cfen cruces c o n V J i. ngua, í eenTsoi A Í n w v I que se aT 2 a: L i Tí n- tendía para que sus hermanas la pisasen... La madre Soledad se limitaba á cumplir lo que dispone la reo- la y su única penitencia parecía el silencio profundo que guardaba por costumbre Su hablar e r i casi monosilábico, y su ensimismamiento correspondía bien á la idea de la soledad, soledad interior del alma tJíarlN 2 ii, da se adivinaba que la consumían penas muy secretas, triste carga de plomo que había traído del mundo. Otras monjas, aun Jas más mortificadas, y acaso éstas sobre todo, e? an alegres, c o n i n- e n u a alegría infantil; gastaban chanzas, reían á carcajadas de cualquier cosa y comentaban jovialmente el Hbro del padre Boneta, entonces recién publicado, y que corría por los conventos, Gradas de la rada saladas a y, jdezas de los Sanios. donde se referían mil chistes y donaires de bienaventurados legos! niños y Varones ten graves como San hVancisco de Borja, San Bernardo, San Vicente Ferrer. No entendí! d ¿estas ingenTosidades la madre Soledad. Nunca una sonrisa alumbró aquella cara trágica, donde el dolor estamnaha sS sello