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I A Última novela de la Sra. Colctte Yver, Princesas de Cyienxias, encierra un- doble interés: además de su mérito indiscutille como romance, la tesis que sostiene. El notable crítico Emilio Faguet, dice; Antes de tratar de la tesis, (advierto con insistencia y con fuerza que el romance vale por sí, vale como novela, vale como obra maestra, y que de la tesis se puede hacer tanta abstracción cuanto se quiera; pero como la señora Yver ha querido hacer una tesis, tengo que ocuparme de ella. Las princesas de ciencia son las mujeres que se dedican á la medicina. La Sra. Yver quiere demostrar que esta profesión se opone á los deberes de la mujer casada, y nos presenta varios tipos de mujeres que ejercen la medicina en diferentes condiciones sociales: la Srta. Lancelevée, que goza de fortuna y de reputación, practica la profesión con todo lujo y proclama el celibato; la Srta. Teresa, hija del gran médico Herlinge, es una profesional apasionada, quien se dedica á la medicina por placer, dominada por la pasión de una vocación irresistible; la Sra. Adeline, mujer sin importancia ni talento, que ha llegado á recibirse de medicina por ganarse el sustento, y la joven rusa, insiguificantc criatura, quien es estudiante en medicina lo mismo que habría stgaido cualquiera otra profesión; tan pronto como se le presenta un médico que desea casarse con ella, abandona sus estudios y se convierte en una excelente ama de casa. La doctora Adeline representa el hogar de la miseria; el abandono en que tiene á su marido da por resultado que éste se entregue á la bebida, y tarde comprende que mejor le hubiese valido cuidar su casa y sus hijos, pues su trabajo, mal remunerado, no le basta para atender á los ga. stos que le ocasiona el sostenimiento de su familia. La doctora Lancelevée termina por enamorarse de un médico, a. 1 cual no se liga por lazo de matrimonio, pues proclama el amor libre, y Teresa Herlinge, la heroína, quien se casa con el doctor Guéméiié después de haberle advertido que prefería renunciar al matrimonio si para ello tuviese cjue abandonar su profesión; el Dr. Guéméné posee un alma bondadosa, un corazón débil que necesita las manifestaciones de una ternuraconstante, diríase que tiene un corazón de mujer; en cambio Teresa es una intelectual, su gran pasión es la ciencia á la que pospone el amor de su marido sólo cuando ve que éste se ha enamorado de la Sra. Yourdeaux por el abandono moral en que ella lo ha tenido. Los celos avivan su amor y aparece el alma femenina con su tesoro inagotable de sacrificio. Teresa, por reconquistar el amor de su marido, se decide á abandonar la profesión para mejor cuidar su hogar. Sin duda alguna la Sra. Yver desea demostrar que la mujer nació para amar, y que por intelectual ó apasionada que esté de su profesión, en cualquier condición que se encuentre llega el momento en que ama, esto es, el de füruiar un hogar. De aquí las polémicas ó, mejor dicho, críticas que h a des e r t adc PriiuesasdeCienrias. Lasfeministas protestan indignadas de (jue una mujer pueda oponerse á (jue sus eonipañe, ras ejerzan la medicina, y citan en su favor la opinión de l agiict. En realidad l aguel (Ícela ra qi e la mujer sil) j) rofesión es como una cosi! y (jue la que uiere tener una personüli (lad, debe tener una profesión aunque esti casada, y aún va más lejos, pues nos dice (pie preferible es (pie abandone el hogar por hacer algo útil en vez de andar de paseo. Nosotros adivinamos en Princesas de Ciencias algo ma. s (pie el bim le hecho de demostrar la incompatibilida i (iuc eKÍ- te entre los deberes del hogar y Jos de la profesión. Vemos un llaniamiento general cpie hace la Sra. Yver á la mujer hacia la vida conyugal, una advertencia de que la vida moderna, por mucho (jue la justiÍKpic la abnegación que requiere la profesión médica, iio podrá reemplazar á la felicidad ue alumbra lo. s hogares donde el hombre trabaja y ai volver á su casa encuentra á su mujer que le sonríe después de iialjer vigilado la sopa y adornado con flores la mesa. En los matrimonios que nos muestra la Sra. Yver encontramos cierta semejanza con los hogares de España, á excepción de Teresa; la Sra. Adeline y la rusa Dina se han casado sin dote. Difícilmente se adaptaría esta costumbre en Francia. I Duruy dice M que la importancia de la antigua matrona romana la áébía á la dote que llevaba al matrimonio: en Francia, no sólo sucede lo mismo, sino que es costumbre que la mujer casada ó soltera trabaje lo mismo que ei hombre, y en muchos casos es ella la (jue sostiene la familia; teniendo en cuenta estos antecedentes podremos apreciar mejor las diversas ojiiniones (pie ha sugerido el libro de la Sra, Yver, que proclama como única felicidad posible el hogar que en Eispaña n- nos es desconocido, esto es, el hogar bíblico, en el (pie el hombre trabaja y la mujer cuida de sus hijos. Como obra literaria, la novela de la Sra. Yver e. s un modelo acabado de los más bellos, llamado á vivir siempre en la literatura del siglo xx. M. Faguet compara á la Sra. Yver con la Sra. Tinaire; creemos que si en ambas domina la concepción grandiosa del conjunto y el arte descriptivo igualmente animado, la Sra. Tinaire es más intensa en la psicología pasional, y á la Sra. Yver de un realismo más vivo, más lleno de color, de atmósfera y de realidad en sus descripciones, comparables con las de Beyle. L -is comidas de los médicos en casa del Dr. Herlinge, las salas de hospitales con sus hileras de camas blancas, y las declaraciones de amor del Dr. Gué néné en la sala del laboratorio rodeados de gatos, ratas y de ranas enfermos, son de una verdad intensa. Además de Princesas de Ciencias, la Sra. Yver ha escrito: La pensión du Splmix, Les cervelines. La Bergetie, Com? nent s en voni les Reines. Su gran triunfo literario lo obtiene hoy con Princesas de Ciencias, que le ha valido el premio de 5.000 francos, otorgado por el Comité de La vie heureuse. EVANGELINA í