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orarías maarí enas á un amtgo promnciano. R ENUDO chasco se hubiera usted llevado, amigo mío, -si realiza el propósito que me anunciaba en su carta, de venir á Madrid para remozar cuerpo y espíritu celebrando las Navidades al modo de su pretérita edad estudiantil. En Madrid hemos suprimido esas ó aquellas Navidades que usted recuerda y describe en su epístola con ese sincero entusiasmo de lo que supo bien y ya pasó. Ahora nos hemos traducido, por acuerdo tácito y general, al uso de otros pueblos europeos, y es de mal gusto comer turrón y armar un belén. Al castizo turrón substituye el pudding inglés ó el gatean ruso (último grito de la repostería exótica en esta tierra clásica de los pasteles de toda masa) y al Nacimiento encantadoramente disparatado, con sus montañas blancas de nieve, sus lavanderas del Manzanares y sus pastores de la Mancha, lo reemplazamos con empingorotado y luminoso árbol de Noel, tan rico de adornos y chucherías como si fuera el consabido pino del Norte en visita de galanteo á la gentil palmera del Mediodía. Sí, amigo mío; ya el besugo de ojo claro ó de luto riguroso, por su propia defunción; ya los turrones blandos y duros que divi dían antaño á los madrileños en dos castas por la dentadura, acusadora de la edad; ya los Nacimientos tan simpáticos, tan idílicos, de corcho, musgo y figuras de barro, obra de un arte niño para alegrías niñas también, ha desmerecido por completo de nuestra estimación, y salvo en los barrios bajos, ya nadie cena besugo, ya nadie come turrón, ya ninguno arma un belén. Bien es cierto que para impedir esto último tal ministro de la Gobernación nos han dado Maura y Dios, Hasta los pavos se van, empujados (moralmente) por los capones y poulardes de Bayona, y da lástima verlos aún por esas calles en tristes manadas de supervivientes de una gastronomía que fué. Ningún estómago selecto admite ya la substanciosa carne del pavo en sus regiones, y entre que nos ha dado por el artritismo y nos espanta todo alimento fuerte y esa manía de extranjerizarla Navidad de que le hablo á usted, ya el pavo nacional hase quedado reducido al no muy lucido papel de símbolo para ministros cuya existencia, próspera ó quebradiza, se formula con lo de que coman ó no coman el pavo en el poder. Si, amigo niío, ha hecho usted intty bien quedándose en su provincia. Las Navidades castizamente m, drileñas qué usted celebró, y cuj o recuerdo cosquillea su espíritu, han desaparecido, acaso para no volver, y en las plazas de Santa Cruz y Mayor, en la calle de Toledo, en todas las vías antiguaiuente aderezadas, y auu atrancadas con trofeos de Navidad, se nota de modo tan lastimoso la decadencia del pintoresco tráfago, que dan ganas de exclamar con el poeta: Estos, Fabio, ¡oh dolor! que ves ahora con todo lo demás dé la famosa Itálica, aplicado á los belenes, los turrones y aun al cascajo, ese alimento de las ruinas. Y si para despenar el ánimo de tales mudanzas y melancolías se metiera usted en un teatro, amigo mío, pensando recrearse con las gracias infantiles, pero castizas, de Bato, ó al menos reír en español por chiste de nuestros autores nacionales, ¡aviado estaba usted! En todos ó casi todos los teatros daría con el vaudemlle, que es como dar con el disparate extranjero, y so pena de permanecer serio como un huso, cada carcajada suya sonaría á un galicismo. Este otro árbol de Noel que nos plantan en los escenarios produce gran indignación á mucha gente; á mí, no. Si á las empresas teatrales les procurasen obras de risa los autores españoles, claro está que no les encargarían á los OUendorff de la casa que se las trajeran sangrando barbarismos del extranjero. A la taquilla le importa luuy poco que el ocupante de la butaca se ría en francés ó en españo do que quiere es que se ría, porque su risa es dinero. No nos indiguemos, pues, contra las empresas que van naturalmente á su negocio de Navidad con elánimo aterrado por la formidable cuesta inmediata. Euego los culpables son los autores españoles, me dirá usted seguramente, amigo mío; pues tampoco son culpables los autores españoles. El más valiente de éstos se tentaría mucho la ropa de faena antes de ponerse á escribir los disparates que nos deleitan cuando vienen chorreando agua del Bidasoa. Sabe que ese mismo público que se entusiasma con el vaudeville traducido, se pondría de uñas ante la enormidad pareja, ó acaso menos brutal, de la obra española, y que igual q ue ahora dice de cualquier insubstancialidad extranjera: Esto es graciosísimo diría, de algo más ingenioso, pero español: listo es una tontería Porque así, amigo mío, como la moral gana mucho cantada y en italiano, el disparate, si procede de una lengua extranjera, es chistosísimo, y si nace en castellano es una ñoñez. Comprendo yo que tales transmutaciones y exquisiteces madrileñas no estén al alcance de ustedes los que viven aún vida sana y francota en provincias; pero la moda y el tiempo nos han ido aquí cubriendo la fachada nacional de pegotes extranjeros, y ni aun para comer, gozar y reírnos como niños en las infantiles fiestas de Navidad podemos separarnos de la nurse y del traductor, las dos últimas y luás boyantes instituciones de Madrid. Bien hizo usted, pues, amigo mío, se lo diré una y mil veces, quedándose j u n t o á la chimenea de su rincón con el apetito coltúado por la antigua cena española y cantando villancicos capaces de apagar las luces del Belén. ¡Quién pudiese disfrutar una Navidad así, y déjese de estudianterías madrileñas que ya pasaron, con la honradez; la salud física y espiritual y la grandeza de ánimo de aquellos tiempos! Nakens, que le hubiera podido á usted acompañar en esa resurrección castiza, como último representante que es de la hidalguía clásica española, sigue, naturalmente, eu. la cárcel; yo estoy á medio traducir, y los otros no valen m. ás que yo, Shake ofhands. JOSÉ DE R O U R E