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pf T iíNGO por cierto- -con permiso de los sabios dcdica dos á estos estudios- -que las primeras carnes devo radas por el liombre, fueron las de sus semejantes. Desde la altura de nuestra civilización presente causa cierto malestar esc recuerdo: pero por eso mismo debemos creer cj; ue el hecho es indudable... Así también muchos de nuestros hermanos se avergüenzan de srr humilde origen, lo que prueba que existia la humildad que les sonroja. Hay una razón de sentido común para explicar esos principios carnívoros d é l a especie humana, hoy desaparecidos materialmente de nuestras costumbres... Cuando el hombre sintió la necesidad de comer car- y Zoophonía en la Universidad de Polancs, D. Iscariotes Val de Ur, hallaba en el lenguaje- -según explica su juicioso comentarista y testamentario- -una porción do dichos, giros y figuras, que revelan en nuestra raza atávicas y primordiales inclinaciones, á duras penas refrenadas por abuso consuetudinario tales como devorar con la vista me la comería no lo puedo tragar comerse á besos etc. etc. Me congratulo de haber coincidido con tan ilustre profesor, cjuc era una gran autoridad en la materia. Yo también he hecho las mismas observaciones, y me he fijado, particularmente, en otras frases corrientes empleadas por el hombre en momentos de odio y de ne, después de ser un concienzudo herbívoro, no podía echar mano sino de la ciue tenía más cerca y le inspiraba más confianza; es decir, de la carne de sus semejantes. Desconocía las virtudes de las demás y no podía tampoco apoderarse de los otros animales tan fácilmente. Esos animalitos que hoy consumimos diariamente no estaban entonces domesticados ni, por lo tanto, al alcance del rey de la creación. Ivl cordero, el cerdo y la vaca, por ejemplo, han empezado á civilizarse al mismo tiempo que nosotros; y así les va... Da caza del pájaro es muy posterior á la caza del hombre. No es preciso extenderse en otra clase de consideraciones para asegurar que la antropofagia fué ley venganza. ¿Quién no ha oído en una riña ¡te voy á comer los hígados! ¡voy á bebermc tu sangre! denuís apostrofes expresivos de un deseo completamente antropofágico? He aquí- -dicho sea con la natural tristeza- -la verdadera filosofía de la antropofagia. El hombre primitivo se comía á stis semejantes, no 3 a para alimentarse, sino para q le desaparecieran, en cumplimiento de la terrible ley del más fuerte. Y esto es lo que ha perdurado y seguirá en pie por los siglos de los siglos. Al cabo de miles y miles de años esos instintos primitivos han formado un cuerpo de doctrina que se ha presentado en plena civilización vestido con todas las galas de la ciencia. Y con una sola frase, cuyo sini í alimenticia en los primeros tiempos del mundo... Rl hombre se enorgullece hoy por haber dominado sus instintos naturales; mas cuando é. stos le dominaban hacía una porción de cosas que ahora nos parecen completamente absurdas... Todavía aparece, aislado, algún caso terrible que nos demuestra la instintiva antropofagia de la especie; y las tribus salvajes que se comen tranquilamente á quien tiene el honor de visitarlas, son argumentos vivos y palpitantes. Da repulsión que nos inspiran procede de nuestros sentimientos de hombres civilizados, aunque es seguro que ellas nos tengan, á su vez, por hombres sin civilizar... ¡Todo es cue- stión de punto de vista! El famoso catedrático de Paleografía, Criptología bolismo es claro y transparente, ha resumido las aspiraciones de la humanidad: los peces gordos se comen á los chicos... ¡Hay que escoger, puesto que todos somos peces! Da antropofagia existe y se practica, aunque convenientemente disfrazada... No sólo de pan vive el hombre, y ha -algo que sirve para morder, destrozar y masticar más y mejor que los dientes, los colmillos y las muelas... No es únicamente en el estómag o donde se hacen las digestiones... De és a ó de la otra manera, la espantosa carnicería humana, con la consiguiente y mutua deglución, forma la verdadera trama de la vida... Siguen los hombres devorándose los unos á los otros... ANTONIO PALOMERO