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FM- Xf -Tí distan tes. Bfiejios mtílícns -Xinjíiitio. ¡Hoiubre. -Aquí oiiinpliinos euieiamento el precepto cvmi- -Xo veo la relación... -LLI q u e iiítctl n o v e es el sistema, Q c lia ilicho JOÜÚÍ; -Dejad á los mucrto- s que t o i i c r r e u á aus uiutrtos. í- n ¿ilüducc ustecl? -Vo. nud. -i, -I- o- s njutrtí íi, antes i c íierlo. son enfermos; así es que hTí qiit: Jejar ¡I los enfermos que los curen s u s euícniíos- I- ÍI eosa es tcnninaiite. -Jviitoy cnivencMo... a u n q u e no hiiciadn. -Va le iniciaremos. VOT lo pronto, aquí que natlie nos oye, le confiaré este seeieto: jYo soy wvi corazón Un soplo de i erena brisa movió las frondas q u e j n m b r o s a s cnn t i r u m o r de un rezo no c n t e a d i d o Pasó por los air s un bando d e alondras de al unos ciier os vor; iees; un gallo silvestre lan? ó ni plisar su dspcro i riLo de recogid. T. el eéspcd otoñal resiplandeeía con un verdor suave de viejos tercioptloí u n a fontana parecía rcir: u n álamo parecía ilor- ir. Y culic aquellas dos pinceladas de luz quc c e n a b a n el lior ¡7- onte, la u n a desangre U otra de oro, la mansednnihrc d é l a tarde e n t o n a b a su Anji elus. Hn aquella pa; del cíelo y d e líi tierra. Ja palabra del pobre liombrc se fundía couiü cu olra Aminciíición de un verbo pi- odi iuso. Yo soj un corazón. ¡Bendito sea! -Para el vnlj o íiiempre b a y casos extraños e inexplicables. ¿Conoce usted 3 a íiíatoría del hombre d e cristal? -No Sií si scT cierto LicfuaadQ l itfrkriís... -H! mismo, -Pues lui caso es más lrá; ¡co. Se puede ser y huir dir la u Ui Pem (ua ine usted mi lombrecorazdn... I.o que habré sufridol- -Taiubíén h a b r á gomado. -Imponible, f o sabe usted que tr r o duele y no. foca? J. aü caricias son en ni ¡coiiio pedradas. ¡Qué Kerán las pedradasl ¡J cüdichadol- -E- stoy inerme. Giros tienen corazas tic hueso, coletos ü e músculo, ropones d e pit- 1, generalnn- nte dura, -Yo, no. Corazón limpio y inomlo, latiéndome al aiie libre. A mi pe me puede malar de un beso. -J N O h a y en ración? -Hsn bieieron m u c h o s santos... -r o i q u c eran eoni íones. El rojo vivo del ocaso se fundfa en el sereno a ul. Las dos pinceladas de oro y de s a n g r e scdesi- anccían en un resplandor s a g r a d o d e amatislas sacerdotalc- i. La fnenteeilla reía, el álamo lloraba, Hl Rrito del ave silvestre h e r í a l o s aires con larga puñalada; la m a n s a dulcedumbre de la larde elevaba su oración ó su láíjrinia hha u n a estrella. P o r el verde sendero venini otro desdichado h u y e n d o de un fantasma. Pocas veces vi un pedazo de j u ventud tan pálida y Iriiile. ¿Qué tienes h e r m a n o -Un miedo atroz. I. a hhncnseítoj- i sabe que leng: o el corazón d e lU. adera olorosa... Lo trajo un abuelo mío de ciertas islas del K a l a y ¿Qué culpa tengo yo. H e perfumado con sus astillas lodos los bello. s cuer pos 3 todos los lindos camarines; y ahora qne ya no me queda sino e s l a p a r t e c ü l a ruin, la íA Hríj j í í f Hy me í pcrsÍEU- T r a e en la m a n o nn- i copa de pTjta llena d e n. U is. ¡Kcltalo. éch: LloI- me g r i t a ¿Y para qué lo h e de echar? ¿I ara q u e usted se perfume? No me parece justo, vosotros sí? -íiuárdate ese jjedazo d e corazón idoro. so, q u e cada día valdrá nnís. -Y en cuanto á esa hlawa sefitUfi -Miradla: ahora se columpia en aquel pino, Xo veis el resplandor d e su incensario? Ni el brillo d e? x hacha. Me aguarda... ¡No partirás este eorazón p a r a ¿ueniarlol Yo no VL Jiino un azulado Jir m de la neblina eU redado en las frondas. Por los hueC s que el viento abría asomaba el úUimo resplandor rojo y s a n g u í u c o del ocaso, como u n a i; r, inde a cua. No vi más... N o vi más. haüía que llegamos al manicomio, Jü 5 t NOGALES h -No. ¿Paliativo? l l trato suave d e CSüS tres buenos amigos que c llaman Silencio, Olvide y Soledad.