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ñvi M I If LA JAULA DE LAS M U J E R E S ESDE que se construyeron en España los primeros edificios destinados á ¡a representación pública de las obras teatrales, liasta tiempos no ciertamente muy remotos, hubo en elios amplio lugar reservado exclusivamente para el sexo femenino, á fin de que, separadas las mujeres de los liombres, no hubiera que lamentar en aanellos espectáculos excesos que afectaran á la púaqnellos espect blica honestidad. En la época en que se construyeron los primaros corrales ó casas de las comedias nada tenía de extraño aquel exagerado rigorismo de una moral severa y suspicaz, porque hasta en algunos templos se procuraba con celo tan extren- ado mantener aquel apartamiento de hombres y mujeres, que en el Duomo de Milán liabia una valla alta á modo de palenque de justa y en ciertas iglesias de Roma, cortinas conve- nientemente dispuestas para que hombres y mujeres no pudieran juntarse ni aun verse, según refiere Pr. IMario Antonio de Canios en su obra Microcosmia, impresa por primera vez en Barcelona el año de 1592. Un siglo después, en 1681, el autor de un papel anónimo publicado en defensa del teatro, cuya total abolición y ruina pedían furibundos impugnadores, presentaba, entre otras razones, la buena disposición de loí 5 locales, que describía en los siguientes términos: Miren la bien distribuida planta de los corrales, y en las separaciones de sus bien prevenidos repartimientos hallarán colocada la grandeza en los aposentos; en los desvanes, los cortesanos con muchos religiosos, que no escrupulizan por doctos y virtuosos el verla... (la comedia) El hermoso peligro ds las mujeres le quisiera ver tan separado en oíros sjtios como se mira en los corrales; el pueblo, en las gradas y en el patio, á la vista del autori- D zado respeto de la Justicia, donde se mira tan temida como venerada su autoridad. A pesar de frases tan expresivas y terminantes, aquel lugar destinado exclusivamente en los teatros para el bello sexo no se distinguía siempre por el silencio, el orden, la quietud y el comedimiento, y en ocasiones los tumultos, escándalos y alborotos de las mujeres que ocupaban I2. jaula, cazuela ó gallinero, que todos esos y otros nombres le daban, excedían á los que acostumbraba promover en el patio la levantisca y desvergonzada mosquetería- granuja del auditorio como la llamaba en una de sus obras el popular y graciosísimo entremesista Quiñones de Benavente. Muchas silbas, que echaban por tierra las comedias y llevaban el desconcierto y la aflicción á los pobres comediantes, partían de la cazuela ó eran furiosamente nutridas por las mujeres de la jaula, y así se explica que aquéllos solicitaran humildemente su benévola indulgencia, como Roque de Figueroa, autor famoso, en la loa con que empezó en la corte, llamándolas con amables y cortesanas frases: damas que en aquesa í a nos dais con pitos y llaves por la tarde alboreada. Leyendo las noticias particulares referentes al teatro en los siglos xvii y xviii y los numerosos bandos, autos, reglamentos y precauciones que frecuentemente se dictaban con objeto de mantener el orden debido en las representaciones públicas, se comprende que aquella separación de sexos no tenía eficacia completa para evitar abusos, aunque una vez y otra se repelían disposiciones como éstas: Que no se consienta que hombre alguno entre y esté en las gradas y tarimas de mujeres, ni mujer alguna entre por la puerta de los hombres al vestuario ni otra parte, si no fuesen los que representaren; y si alguno lo hiciese, los alguaciles lo pongan en la cárcel y llagan información de ello para que sea castigado... (1608. Que en cada teatro aquí en la corte asista un alguacil de ella... y todos lian de tener cuenta con que