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-Está oliendo la muerte- -dijo una vieja trapera. Una beata que allí había acudido, se santiguó y dijo: -Está oliendo la muerte, sí, y quiera Dios que no sea únicamente el chico quien muera hoy de entre nosotros. ¡Maldito perro! Pero el albañil de la cara torva, irritado por aquel lamento tan desgarrador, agarró su cuchilla de trabajo y se la arrojó al perro. El perro entonces gimió, corrió algún trecho atrás y se calló. Cogieron, pues, al chico y se lo llevaron al cuarto de socorro. Allí colocaron el cadáver sobre una mesa y aguardaron á que viniese el médico; los guardias y los practicantes de servicio, aburridos y helados, pateaban en el suelo y se soplaban las manos para calentarlas. Pero nadie sabe cómo el perro se coló dentro del cuarto, olió el cadáver, le lamió la mano y el rostro, y al fin se plantó en el centro de la estancia, levantó el hocico y comenzó á aullar lastimeramente. ¡Maldito perro... En aquel instante llegaba el doctor refunfuñando de su suerte; tropezó con el perro y le dio un puntapié; el perro, sin embargo, continuó quejándose más tristemente que nunca, y su aullido lastimero se hizo completamente desesperado. ¡Echad ese perro de ahí... -gritó el médico irá- cundo. Y vino un guardia con el. sable y le pegó al perro un golpe formidable en la cabeza. El perro gimió, agachó la cabeza y se calló. Después cogieron al chico y lo meíieron en unacamilla; dos hombres cargaron con ella y se alejaron camino del cementerio. ¡Hacia un frío espantoso aquella madrugada de Diciembre! Camino adelante, con su carga liviana en las manos, los dos hombres marchaban á compás. El perro les seguía, y á veces se acercaba á la camilla y olía á su amigo, y corría al centro del camino y aullaba, aullaba desgarradoramente. -Tomás- -dijo uno de los hombres, -ese perro huele á la muerte. -Dicen que es mala señal... -añadió el otro hombre. Entonces uno de los camilleros cogió un gran pe- drusco y se lo arrojó al perro con toda la fuerza de su brazo. El pedrusco cayó sobre el can y lo derribó en tierra; después, el perro se levantó callando y siguió desde lejos á su amigo muerto. Y enterraron al chico en un hoyo, apisonaron la tierra, se fueron todos, y todo quedó arreglado. Salió el sol y calentó la tierra. Eos gorrioncillos picoteaban por el contorno, bullían y cantaban alegremente. Se marcharon todos y quedó el cementerio vacío. Sólo permanecía allí el perro, que saltó las cercas y se plantó de pie sobre la fosa de su amigo. Eevantó el hocico al cielo y aulló; en todo el día no cesó de aullar ni un momento. Ya por la tarde su voz se había hecho ronca, su aullido era siniestro; apenas si podía quejarse. Pero al entrar la noche profunda, recobró el perro nuevo vigor y arreció en su aullido. Su voz era más siniestra que nunca; su lamentación tenía un tono de infinita, de imponderable amargura. Tan grande era el terror que inspiraba aquel aullido siniestro en medio de la profunda noche, que los niños del enterrador, que comían castañas junto á la lumbre, empezaron á llorar de miedo. ¡Mamá, mamá, ese perro... La madre los acariciaba y procuraba consolarL. j; pero los niños se asustaban más cada vez, y lloraban al oír aquella fúnebre lamentación: ¡Mamá, mamá, ese perro... Por último, el enterrador se levantó y descolgó la escopeta que tenía en la alcoba; salió y fué corriendo por entre, los sepulcros. Y agachándose, paso á paso, llegó á diez pasos del perro y apuntó. El perro tenía el hocico vuelto al cielo, los ojos húmedos, el cuerpo tembloroso; aullaba y gemía, llamaba á su amigo, miraba á la noche profunda, veía las estrellas que parpadeaban en el cielo; interrogaba al gran misterio de la vida, al misterio de la muerte... En aquel momento sonó un escopetazo y el perro enmudeció súbitamente; dio una vuelta en el aire, cayó, quedó tieso, muerto, Euego todo enmudeció; todo estaba luego tranquilo y silencioso, como si bajo el cielo estrellado nada, ninguna cosa hubiese ocurrido. J. Al. a SALAVERRIA. omujOS DE RIÍGID- R iív i v jg... rf a.