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f tí 9 M; i 0 íi é LOS NACIMIENTOS UANDO yo era niuchaclio sentía una gran predilección por esta época cercana á la Nochebuena, en que se exhiben los aguinaldos. Mi imaginación de niño se representaba entonces las diferentes estaciones del año en una forma gráfica y ostensible, y asi como la primavera me la imaginaba en forma de flor, el otoño en forma de manzana, el verano en forma de mar, me figuraba el invierno como úii itacimienío- -Este naciiniento no será preciso explicarlo; consistía, como todo el mundo sabe, en uno ele esos tinglados que se arman por Nochebuena, llenos de figurillas de barro, arbolillos de cartón, estrellas de papel, arroyos de vidrio. Cuando yo era, pues, muchacho, ambicionaba de una manera loca los nacimientos de Nochebuena, y muchas veces me pasaba, no ya minutos, sino largas y detenidas horas contemplando las figurillas simbólicas de los? iaciinientos, que para mí tenían un encanto sobrenatural. Allí veía á los Reyes Magos, caballeros sobre hermosos corceles; allí veía á José, á María 3 al Niño Jesús, escondidos en su cabana; allí, en fin, se me mostraba toda la poética historia del Cristianismo con sus inocentes episodios. Y no hablo de los accidentes secundarios, como eran los montes nevados, las casitas de tejado rojo, las lavanderas en el río, los pastores, los borreguillos... Todos los niños han soñado alguna cosa grande; todos los niños han sentido una vez en su vida algo como un presentimiento de su vocación. Ante el brillo de una espada de latón, más de un muchacho ha creído que su diminuto ser se transfiguraba, y que el alma de un héroe penetraba bajo su carne; entonces el niño gritaba: ¡Yo seré Napoleón... Y desde aquel instante, como impelido por una fuerza fatal, ó como el qué obedece al imperativo de una promesa de honor, el niño se entregaba á cabalas de milicia, llegaba á hombre y se metía á soldado, estudiaba y concluía vistiendo un brillante uniforme de húsar. Yo también, cuando fui niño, sentí la fuerza oculta de la vocación, y una voz misteriosa y cabalística me decía al oído: Tú serás pastor... Yo sería pastor, tendría borreguillos blancos, iría caminando al azar por montañas j colinas, vería los arroyos bonitos, las lavanderas, las casitas de tejado rojo, las estrellas del cielo. Crecí, dejé de ser niño, llegué á hombre: la voz secreta se había equivocado: yo no conseguí tener borreguillos ni errabundear como un pastor. De manera que el azar, los hombres, las cosas, todos han puesto su mano para torcer mi vocación primera. Pero no importa eso. Cuando niño soñaba con largas caminatas por los senderos del monte; ahora sueño con raros viajes por los caminos del mundo. Y aunque todos los sueños se frustren, tanto aquellos de la niñez como estos otros de hoy, ¿eso qué importa. Lo interesante es poseer la fuerza del ensueño, recoger cosechas de sueños en todas las épocas de la vida. Puesto que lo único que hay de cierto y real en la existencia, lo único que vale algo, son los sueños que se sueñan con intención noble y con el corazón purc. J. M. SALAVERRIA DIBUJO DE HUERTAS