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f C fiC E IA A l, comenzarlateraporadateatral, los señores yseño ras qué creen que la felicidad humana depende de oir á Raúl en un segundo turno, ó ver cómo Fernando Mendoza ahoga su pasión por María Guerrero en viernes de moda, se apresuran á combinarse con otras %i ete ú ocho familias que sienten los mismos, deseos, á fin de quedar decentemente ante los imperiosos designios, de la moda y no castigar mucho el bolsillo. Encuanto una de esas familias, que pudiéramosl am a r abonada y compañía decide quedarse con un palco segundo, se echa á buscar colaboradores para el pago con el mismo afán que si se tratara de encontrar padrino para la boda de una de las niñas. ¿Quiere usted que le cedamos la catorceava parte de un palco pi eoioso que tenemos para un cuarto de turno impar? ¡Ay, doña Casilda, no sabe usted lo que lo sentimos; pero nos hemos arreglado con otras diecisiete familias, y tenemos aseguradas, por lo menos, tres funciones y media a l a temporada; Esto de dividir y subdividir los abonos ha llegado hasta lo inverosímil, y de cesión en cesión ya hay quien cede dos actos, y toma, en cambio, todas las romanzas de la temporada. ¿Ha oído usted á la Cacharrini? -No, señor; tengo un turno combinado con ocho amigos, y cuando iba á comenzar la romanza, tuve que abandonar la butaca -Estuvo verdaderamente admirable. -Eso me ha dicho uno de mis consocios, á quien le correspondió oir las catorce últimas notas, I, a mayoría de los abonados en cuadrilla no confiesan que lo son, sino que ponen pretextos para disculpar su. ausencia en determinadas funciones. ¿Qué es eso, marquesa, no estuvo usted la otra noche en ei Española- -No; me tocaba el turno y cedí el palco á unas amigas que no habían podido abonarse; ¡las pobres! querían ver al característico, porque dicen que se pa- rece á un tío suyo, ai que deben muchas atenciones y últimamente el regalo de los dientes postizos para la madre. Si no hubiese sido porque les cedí el abono, estaban dispuestas, para ir, á empeñar el gabán de pieles del marido y una pantalla de comedor que les. trajo de Filipinas el marido de la portera. Por su parte, las, ocupantas del palco se dan más pisto que un concejal con una chis lcra nueva, y explican á sus conocidos el por qué no van más á menudo, al teatro. -Nosotras no venimos al teatro siempre que nos toca el turno, porque el médico le tiene recomendado á Balbinita que no tenga más que dos emociones por semana. ¿Ah, sí? -Si, señor; desde que tuvo que renunciar al amor de aquel chico que se nos presentó como dueño de una de las mejores fábricas de mantecadas de Astorga, y luego resultó que era un segundo cornetín, de Eslava y que tenía relaciones con una corista bizca, la pobre está que en cuanto ve tina pasión devoradora en escena, se acuerda del cornetín y quiere morder á todo el mundo, al tiempo que prorrumpa en carcajadas. ¡Diablo, diablo! -Nosotras nos informamos de las funciones, antes de venir, por medio del acomodador, que va á casa y nos cuenta el argumento, resslviendo entonces si debemos venir ó no. Si no fuera por eso... Ya ve usted, tenemos el abono á diario- -Muchos de los que se han abonado al Real de esa suerte, rabian cuando se enteran de que á sus consocios les ha tocado una primera reprcs 6.i tación ó un debut importante, y apelan á todos los medios para ver si su pareja de abono les cede el turno. Gran maestro en este arte es D, Eleirterio, que apenas ve en el cartel anunciados Los Hugonotes, corre á casa del compañero de turno; ¡Qué! ¿Preparándose para ir á la Opera? -Sí; ya sabe usted que hoy me toca. -Sí, sí, y ha tenido usted mala suerte. ¿Pues qué pasa? ¿No lo sabe usted? Pues que va a haber motín esta noche. ¡Zapateta! -Sí, señor; creo que el Gobierno ha dado una Real orden prohibiendo la venta déla zaragatona, y los drogueros se preparan á echarse á la calle. Va á haber una de tiros esta noche! Muchas veces el abonado palidece, deja caer el frac que en aquel momento tiene entre las manos, y dice: -Si es así, estoy por no salir. Esto es lo que quiere D. Eleuterio, que para remachar el clavo añade: ¡Oh, pues lo que les pasa á nuestros vecinos de localidad e. s horrible! Ea señora, ya sabe usted, la que se sienta precisamente al lado de nuestra butaca, ha estado yendo al teatro catorce días teniendo las. viruelas. ¡Figúrese usted qué foco habrá dejado allí! ¿Pero es verdad? ¡Digo! El otro día, en el segundo acto, tuvieron que sacarla sX foyer entre el acomodador y un senador vitalicio que tiene su localidad inmediata, porque, según parece, al dar una nota el bajo, todas las viruelas se la pusieron de punta. ¡Qué atrocidad! Nada, decididamente no voy al Rea! Esto es lo que quiere D. Eleuterio, que echa á correr y ocupa poco después la butaca que ha quedado libre, merced al fruto de su ingenio. ¡Cuántos que vemos arrellanados en localidades caras están allí por haber inventado una revolución á tiempo, ó haber descubierto una epidemria oportunamente! A. R. BONNAT