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á fin de auxiliar á la sabia Naturaleza, defensora de ría; y si la niña empaorase, culparía usted al tonto del doctor... aquel joven organismo. -Ahora mismo las apago- -respondió dócilmente- -Y en Junio les indicaré á ustedes qué aguas convienen á esta señorita- -añadió sonriendo con bondad la madre, invadida por ese respeto supersticioso que infunde el médico en los momentos en qiie peligra paternal. una salud amada. -Llámeme usted Magdalena, L, enita- -suplicó la Cano pasó una noche inquieta. Sin saber por qué enferma fijando en el médico sus ojos negros, apagapensó mil veces en la cariñosa enferniita, oyó su vodos, en los cuales brilló con tenaz dulzura una chispa de esperanza. -Desde que está usted aquí, ya me cecilia aflautada: Vuelva usted, doctor... ¡Qué alesiento mejor. ¿Verdad, mamá, que parezco otra? gría salvarla, fortalecer su débil cuerpo, darla beVuelva usted, doctor, vuelva usted mañana por la lleza, vigor, resistencia para la maternidad feliz... Su primer visita matinal fué para el palacio de Arista. mañana... si no le molesta. El portero le dejó subir, silencioso. Las puertas esEnternecido, el médico acarició la manita consumida y pequeña que le tendían para el s iake liand. taban abiertas. Un criado bajaba tan aprisa, que por Cuando hubieron salido al pasillo, la condesa le aco- poco derriba á Cauo. Se oían á lo lejos raidos, pasos precipitados. El doctor se dirigió á las habitaciones rraló de nuevo: ¿Ve usted peligro inmediato? -interrogó con trá- de Lenita. Nadie le salió al encuentro. Llamó por discreción. No le contestó nadie. Entonces se precigica ansiedad. ¡Señora, qué pregunta! ¡Qué empeño el de usted! pitó sin reparo hasta el dormitorio... La niña, color ¿No acabo de prescribir un régimen? Si viese peligro de cera, 3 acía sobre la meridiana. La condesa, de rodillas, delirante, la cubría de besos... Al entrar el inmediato... ¿no procedería de otro modo? doctor se volvió, y señalando á la muerta, fulminó á- ¿De manera que mi hija vivirá? Cano una mirada de acusación tan tremenda, que él, ¿No ha de vivir? bajandj la frente, huyó como huiría un criminal... ¡Níe lo jura usted? ¡Jurar! Yo nojui O. Lo afirmo. Respondo con mi pe- ¡Se trataba de una vómica! ¡Y no haberlo sospequeña reputación, con mi pequeña autoridad científica. chado siquiera! -exclamó al contar el suceso á su co- ¡Qué peso horrible me quita usted del alma, doc lega don Salustio Martel. ¡Y mi ridicula jactancia tor! És que yo, en mi ignorancia, supuse que el mal al oponerme á que ardiesen las velas en el oratorio! r 2 1 -n f f t- B J r. r K Hñ i i 3 f V 1 í m- fm -f- 1 í. a i íf f- F- s Í! tft, já -CJá Vj: l l íCS- lt h- era gia íbimo. Encendidas tengo las v. -Ias cu el oratorio y expuesta una reliquia de un bienaventurado que fué de nuestros ascendientes... -Apague usted las velas, condesa dispuso entre chanzas y veras el doctor Cano. -Si la niña mejora, el bienaventurado va á llevarse la gloria de la mejo- ¿lía cambiado usted de ideas? -dijo Martel incisivamente. -He comprendido que la puerta de la ciencia es la humildad... y que no sabemos nada ó casi nada- -respondió el doctor pensativo, frunciendo las cejas. EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA