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siempre le valían una aureola de respeto; entre sus mismos compañeros rio se decían de él sino bienes Un día recibió por teléfono urgente recado. Su cliente la condesa de Arista le avisaba de que pasase á verla sin demora. 131 coche de la condesa había salido ya á buscarle. que de seguro no apremiaría... Vamos, tranquilícese usted. ¿Ha tenido otras veces estos ahogos? -Sí, pero mucho más leves. Ya le hablé á usted de eso alguna vez. Usted no le dio importancia. E s que no la tiene en la edad de la chiquilla. Dieciséis? Ua lucha por el desarrollo. A cada mo- -í -1I- S- -Será el cólico nefrítico de costumore- -pensaba el doctor, reclinado en la berlina azul, tan confortable y flamante, de la aristocrática señora. Se engañaba en sus presunciones el médico. Tratábase de un ataque repentino de sofocación, y la paciente no era la condesa, sino su hija, muchacha de unos dieciséis años. Ua enferma, con la boca muy abierta, el pecho aún jadeante, yacía tendida en la meridiana de su dormitorio. Antes de que el doctor pisase la escalera, sobrevino el alivio; pero la madre, sprimida todavía por el terror, estaba medio loca. ¡Creí que se moría, doctor! ¡Creí perderla! Cano sonrió, con la sonrisa bien informada, algo irónica, que reservan los médicos á las alarmas extremosas de las familias. I, a condesa no correspondió al gesto profesional con otro de tranquilidad y calma recobrada. Al contrario, tirando disimuladamente de la manga al doctor, le llevó hacia un gabinete contiguo, y cerciorándose de que no podían oírles, le acorraló trémula, ardiente: ¡La verdad, doctor... ¡Sólo la verdad! ¿Se muere la niña? ¡Friolera, señora! ¿De dónde saca usted eso? ¡De que la he visto con el ataque, y eran las ansias de la agonía! ¡Si estuve por llamar al cura al mismo tiempo que á usted... ó antes que á usted! -Hizo usted bien en contentarse conmigo... ó conmigo y dos de mis colegas si tanto apremiase el caso, mentó vienen á mi consulta señoritas quejándose de algo muy parecido, y algunas con síntomas rarísimos. -Dirá usted lo que quiera, doctor; figúrese usted si respeto su opinión; pero jaquello era morirse por instantes! No tengo otro cariño en el mundo sino mi Uenita... ¡Por amor de Dios le pido á usted que la mire despacio! Volvieron á la habitación de la enferma, que ya sonreía débilmente, medio incorporada sobre los almohadones de blanco encaje y pintado raso. El doctor se instaló en una butaca, procediendo á minucioso interrogatorio. Sus dedos cuidadosos, expertos, tactaron y reconocieron el torso de la niña. Procedía asi por acceder al deseo de la madre; pero su opinión estaba formada: existía, sin duda, una grave alteración de la salud, un estado general alarmante, y no podía atribuirse sino á la causa indicada ya, á una lucha de la naturaleza con la debilidad orgánica. Preguntó antecedentes, historia de la familia; en suma, concedió al caso toda la atención que le ordenaba su alma abierta á la piedad, enternecida por el ruego dolorosO de la madre. Enterado de cuanto deseaba saber, se acercó al elegante pupitre laqueado donde había tintero, pluma, papel, entre mil cachivaches bonitos deescritorio, y con letra firme y clara de hombre estudioso trazó un régimen, un sistema completo. Hidroterapia, ejercicio, gimnasia, alimento, sueño, vestimenta, todo estaba previsto y regulado de antemano.