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v. j 4 V I LA EMOCIÓN DEL AUTOMÓVIL qué es lo que siente usted, cuál es su emoción cuando corre... r- E chmifjeur. -Sería muy difícil que yo pudiera expresar la sujiia de sensaciones que me ¡jroduce la carrera vertiginosa ni el raro orgullo que se apodera de mi alma. En cuanto al peligro, no lo conozco; el temor lo dejo yo para los que caminan á pie, para los que temen tropezar, para los que crían callos y sufren de reúma. Un buen chauffeur no sabe lo que es el peligro; conoce tan de cerca á la señora Muerte, que es ya como una cosa familiar. Cuando guío, por ejemplo, un coche de 6o caballos, aprieto la manivela y aumento suavemente l a velocidad; cuando subo de los 50 kilómetros por lioi a áítos 60, cuando aprieto más, cuando me acerco á los cien kilómetros, cuando paso de los 100... ¡entonces pierdo el sentido de la realidad y no me acuerdo del tiempo, del espacio, de la vida ni de la muerte! El vértigo se lia apoderado de mí; á medida que aumenta la marcha, mis nervios se tienden y vibran; un hormigueo me invade la espalda; se me ensancha clpecho; siento que mi cerebro se aclara, que huyen las ideas inútiles y que permanece vibrante y único un pensamiento de soberbia. Mi vista se afina hasta el punto de poder atisbar el vuelo de una pluma sobre la carretera; en cambio no tengo ojos para el paisaje, los animales, los hombres que andan en mi alrededor cumpliendo sus vulgares menesteres; mis ojos sólo ven la línea blanca de la carretera que se acerca á mí, que pasa bajo mi automóvil, que huye como una cinta sin fin. ¡Entonces me considero un héroe mitológico un genio del rayo... ¿Qué me importa estrellarme? Eso ha de llegar un día ú otro. MX vida, entretanto, es un continuo vértigo. Cuando ese vértigo llega á su punto máximo, es decir, en ias violentas carreras sobre líneas rectas y largas, parece entonces que mi vida entera se reconcentra en un lugar de mi cerebro, detrás de los ojos; si en aquel momento surgiera el choque, sé que mi vida sentirá apenas como un ligero soplo, como una llamita que vuela bruscamente y se apaga... Pero en aquel instante sentiré también un épico v mitológico orgullo de semidiós que se sacrifica por los pobres y timoratos hombres, puesto que la velocidad es la cosa más grande, la que da eldominio del mundo, del tiempo... ¿No soniistedes, pues, unos espíritus demoníacos... Chaufleur. -Bajando mucho la voz le diré á usted, señor mío, que en efecto, tenemos algo de crueles, algo de impíos y algo de implacables. ¡Cuántas veces á lo largo de las carreteras he pensado en la muerte de una gallina ó de un hombre casi sin pena, tal vez casi con alegría... La velocidad nos ha hecho malos. J. M. a SALAVERRIA Y DIBUJO DE ESPÍ