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tas de aquel año. Y el abanderado, con la enseña desplegada y la espada sobre ella en forma de cruz, se colocó de frente, y el jefe, coa voz sonora, señalando la bandera roja y gualda, preguntó: ¡Juráis defender la bandera? Sin un momento de vacilación, con la mano extendida hacía aquella enseña que parecía atraerlos liacia sus pliegues y ofrecerlos en ellos un asilo seguro y un arma de gloria, se oyó un grito unánime de ¡Si, juro! que retumbó en los aires, y fué cual protesta de amor inmenso hacia la madre patria que les acogía como hijos muy predilectos. Y entre todas aquellas voces enronquecidas sobresalió una clara, vibrante, cual si quisiera reparar su falta: era la de José Miguel, que en instante de tanta solemnidad, al aparecer la bandera de vistosos colores, sintió en su alma un cambio brusco, inexplicable; un fuego intenso le abrasaba, le hacía palpitar, le inflamaba dé ardor, de entusiasmo hacia la enseña bicolor, ayer indiferente para él, hoy visión adorada para su pecho de soldado. Y en pocos momentos comprendió la grandeza del heroísmo, y se vio siguiéndola siempre, siempre, prefiriendo morir que abandonarla... Con esa energía y pasión que le caracterizaban, juró ser fiel á lo que ordenaba, á lo que hubiera que cumplir, fiel á sus enseñanzas para ser digno de ella, honrado, valiente, buen español. ¡Y cuando desfilaron por delante del abanderado, junto con su beso ardiente, dejó José Miguel lágrimas de emoción intensa que, al resbalar sóbrela seda amarilla y encarnada, fueron como la promesa del recluta y la expresión de su ternura y fidelidad! Acababa la batalla; el choque había sido rudo, el enemigo superior en fuerzas, el terreno poco favorable; pero al fin la victoria era de ellos. José Miguel, sobre cuyas bocamangas brillaban los galones de sargento, seguía combatiendo como un héroe, librándose de la muerte. por milagro. Aquel día se batían juntos varios batallones, cuyos jefes eran desconocidos para él. De pronto, un rugido de rabia brotó de sus labios. En el capitán de una de las compañías recién llegadas reconoció al estafador causante de la ruina de su casa. ¡Y allí estaba junto á él, á su alcance, con su rostro hipocritón, con su mirada falsa y burlona como cuando en el pueblo le llamaba palurdo! Una nube de sangre subió al cerebro de José Miguel; todo desapareció de su vista, le hubieran podido matar sin defensa por su parte, no veía sino aquel hombre, y cual una fiera co rrió hacia él. En dicho preciso instante el capitán se vio rodeado de enemigos y en grave peligro. El sargento se detuvo. Lucha cruel se libró en su alma; si daba un paso, tal vez podía salvar al capitán; en el caso contrario, éste perecía seguramente. Rápida como el rayo cruzó por su mente la idea de la venganza, y ya la saboreaba cuando flotó casi junto á él la bandera de su batallón, la niisma que él besara un día prometiendo serle fiel, siempre fiel y siempre digno de ella. Un estremecimiento sacudió su cuerpo, y ahogando un grito, con el fusil humeante se precipitó sobre el grupo, y el capitán, ya más tranquilo con su ayuda, se rehizo y pudo batirse en retirada. Al verse libre, quiso dar las gracias á su salvador, en quien apenas si se había fijado durante la angustia de la lucha; al mirai le. Sí palideció horriblemente, intentó hablar, no pudo, y sólo consiguió balbucear: Perdón. José Miguel, por cuyo iDrazo salía sangre de una herida, se contentó con señalar la bandera y replicar: ¡Por ella, capitán! El oficial bajó la cabeza avergonzado y se retiró sin añadir palabra alguna, mientras que el sargento, en un sollozo que refrescaba su alma, contraída por tan diversas sensaciones, repitió con la mano aKo extendida hacia la enseña bicolor: ¡Sí, juro MARÍA D E ECHARRl D 3 nuür. TAS