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-José Miguel, cálmate, hombre; ya ves que lo siento, quizá más que tú, porque al fin y al cabo vas á ver otras tierras, y es muy posible que llegues á olvidarme... ¿Olvidarte, R osario? exclamó el mozo, -ya sabes que es imposible; desde niños nos quisimos. Aún parece que te veo tan remonilla, con tu falda corta y tus piececicos descalzos, bañándote en las olas del mar, que no se atrevían á mojarlos porque eran tuyos... ¡Qué risas las nuestras! ¿Te acuerdas? lluego fuimos creciendo; yo iba á la pesca con mi padre, tú á la escuela, y los días de fiesta los dos corríamos juntos por la playa, ó llevábamos flores á la Virgen que está en la gruta, allá, como para bendecirnos... ¡Ali! ¡Maldito aquel que se llevó la felicidad mía, la tuya, la de mi casa, al robarnos ese puñao de duros, amontonados con los sudores y las fatigas nuestras, y que me obliga ahora á separarme de ti! ¡Si cayera en mis manos ese canalla, mira, por estas cruces que se iba á acordar de mí toda la vida! -No jures, José Miguel- dijo alarmada Rosario al observar el semblante descompuesto de su novio, -ya volveremos á vernos; el servicio no es eterno, y después de todo, ya oiste lo que decía anteayer el cura sobre la bandera que representaba á la patria... José Miguel se encogió de hombros, sin responder; la idea del patriotismo no había echado raíces en aquella alma ruda, primitiva, y sólo tenía dos ideas fijas: la d é l a venganza y la de su separación de Rosario. ¿Y nada se sabe del paradero de ese hombre? -interrogó Rosario. -Nada, y esto es lo que me desespera. ¡Si ya lo dije yo el día que aquel pillo entró en casa á proponer á mi padre el negocio! Aquello no se veía claro; pero no quisieron oirme, yo era un chiquillo asustadizo, uu palurdo, ¿verdad? y él, él era un caballero de la ciudad, y no fué posible luchar. Tenía fina palabrería, eso sí y supo captarse la amistad de mis padres; ipobrecicos! ¡Son tan buenos, que no tienen ni una pizca de malicia! Y le entregaron el dinero todo, hasta mi dinero, ¡sí, el mío! no te asombres, Rosario, era mío; me lo había ganado yo; eran mis ahorros para cuando llegasen las quintas y la época de nuestra boda... ¡Era de ellos, siempre de ellos, sí, pero no para dárselo á aquel hombre... Y se lo llevó, y pasaron días, y supimos de repente que el negocio se había estropeado y no quedaba nada... nada... -repitió con ira concentrada. -Y ya sabes lo que sucedió; caí soldado, y he de ir al servicio, no sé adonde; lo que sí sé es que mañana me marcho y me dejo aquí lo que más quiero en el mundo... Y aquel mocetón fornido lloraba sin ocultar sus lágrimas, mientras que Rosario, que sufría horriblemente al tener que separarse de él, pero aparentaba serenidad, murmuraba frases de consuelo... ¡Y el sol seguía tiñendo de rojo las flores salpicadas de rocío en aquella mañana de priruavera... Inusitada animación advertíase en el cuartel; era el día de la jura déla bandera; faltaban pocos momentos para salir hacia el lugar destinado á tan solemne acto. Aparecieron primero los reclutas, algo emocionados al pensar en la ceremonia, con las gorrillas de cuartel sobre sus cabezas bastante peladas, con sus uniformes llevados sin ese garbo que les da la costumbre y que hacen del soldado español uno de los más airosos del mundo. Entre ellos marchaba José Miguel, á quien sentaba perfectamente el uniforme; pero que no había desarrugado el ceño desde que salió del pueblo, captándose pocas simpatías por su carácter tosco y su melancolía, si bien el sargento aseguraba que era el recluta más listo del batallón. Puestos en fila, seguidos de, sus jefes, atravesaron las calles ante las miradas curiosas del público, y llegaron al sitio preparadlo: para lajura. Después de la misa se procedió al acto de jurar la bandera por los reclu-