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gota corrida, tres ó cuatro mozos cargados con sendas cajas, expedidas desde Jerez, desde Oporto y desde Burdeos. ¡Cómo pesan! -decía un mozo. ¡Y cómo cuestan! -añadía otro. -Con lo que vale sólo el porte de este cajón tenía yo para vivir un mes. -Y con lo que cuesta lo que viene dentro habría ¿Pero se lo ha comido? ¿Para qué queríamos eso? Ni nos gusta ni nos liarta. Lo vendí en menos de la mitad de su valor, y todavía nos quedó á mis hijos y á mí para comer muchos días nuestro pobre puchero, ¡h- se sí que da salud y vida y resucita á un muerto! ¡Mire usted qué fuertes y colorados se me han puesto en esos días mis chicos, que se morían de necesidad! B m n para mantener otro mes á todos los que no comen ea el pueblo. ¿Y para qué derrochar esos caudales en estas composiciones, criándose vino verdadero más batato en nuestras viñas? Don Luis aplicaba el oído y la conciencia, y sentía que ambos le zumbaban. Y dejó de traer vinos extraños, protegiendo á los cosecheros indígenas, con gusto de ellos y disgusto del propio paladar. Comenzaba á repetirse la cantilena de los mozos en ocasión de descargar nueva remesa de provisiones y frutos raros en el pueblo, especialidad de otros climas. Y se hubiera repetido y aun agravado si don Luis no atajara á las primeras palabras y quejas. Pase que me hayáis privado de fumar bien: era vicio, ó á lo menos costumbre innecesaria. Pase también que me hayáis privado de beber bien: tampoco era cosa de necesidad. Pero en cuanto á comer no me convenceréis de que no sea necesario para la salud y la vida. Los mozos callaron: pero los hechos hablaron. Al desempaquetar, los criados advirtieron la falta de un caión pequeño, pero de mucho precio por su contenido. Pronto se supo que una desdichada mujer lo había hurtado y vendido á un goloso, que deseó probar la exquisita golosina. Comparecida ante el juez, la mujer confesó el hurto, y le dio por excusa el haínbre. Don Luis, que asistí, á la diligencia judicial, se cc i: niovió; pidió al juez gracia jjara la infeliz; el juez no pudo boriarlo confesado, y la mujer fué á la cárcel, gritando dolorida: Xadie debía cocer bizcochos mientras n o sobre el pan. Ll jue. z, que era el sabihondo del pueblo, tradujo lo vulgar alo científico, diciendo pedantescamente: -Señor don Luis, la mujer habla en razón; el gran pensador lo expresó en otras y mejores palabras; nadie tiene derecho á lo superfino mientras alguien carezca de lo necesario. Ablandado, pesaroso y remordido, don Luis despidió á su cocinero. Por tales caminos llegó el sibarita á fumar cigarrillos de ínfima clase, á beber vino del más común y á comer de lo más ordinario que el pueblo producía. Para remate de su conversión á la virtud cristiana y á la doctrina económica, repartía á los pobres donativos tan cuantiosos, que con ellos los pobres resultaban más ricos 3 mejor sustentados que el donante. Y contempland. o las comilonas, borracheras y excesos con que á su costa se regalaban los favorecidos, pensó así: ¿Conque aquellas voces dolientes no eran de filantropía ni de caridad, sino de envidia y despecho? ¿Conque no pretendían lo necesario, sino lo mío, y los que lo codiciaban son ahora codiciados y querellados de otros menesterosos? ¿Conque no he enmendado nada ni conseguido más que ser uno de los necesitados, sin que todos queden hartos? Pues sea rico quien nació rico y pobre quien pobre, como rubio quien nació rubio y negro quien negro, y vuelvan los colores 5- las cosas adonde estaban y como Dios y la Naturaleza lo dispusieron; la caridad bien ordenada empieza por mí mismo, y llegue donde llegue. Y llamó á su cocinero y le mandó proveer la despensa, y pidió afuera vinos de exquisito sabor y cigarros de exquisito aroma. EUGENIO SELLES D BUJOS DS AliÍNDSZ B! í aA