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goces materiales, aquel dar gusto al cuerpo, ambición de las gentes rurales que viven en vecindad y contacto con la Naturaleza, considerando al ser humano como u n animal con vestido de quita y pon en lugar de la vestidura de pelo ó pluma de los irracionales. Don I uis esquí; -iba toda ocupación que le molestase. N o veía ni visií ¡ba sus haciendas sino para cazar loa Ck Uejos y las- perdices que en ellas abundaban. Mantenía criados con mucho salario y pocas obligaciones, porque toda la familia se reducía á la única persona de don Luis. De la servidumbre, solamente el cocinero trabajaba l o q u e debía, ganando á conciencia su sueldo, con ser grande como proporcionado á su maestría, experimentada en opulentas casas de la corte. Iba á s u mesa lo mejor del mercado local, añadiendo á lo que en él no había toda suerte de manjares traídos de largas tierras á peso de oro. En resumen: bien alhajado, bien servido, comido y dormido y muy descuidado de quehaceres del momento y de azares de lo porvenir, nuestro hombre llevaba sus años con la lozanía de un mozo. Por única desazón iban entrándole con la edad escrúpulos de filantropía y blanduras de corazón, avisos delanteros de la vejez que se dispone á morir en paz con los hombres, sin dejar tras sí remordimientos ni rencores de la guerra juvenil. ¿Por qué tales reblandecimientos del carácter? Por lo que oirá el lector, si escucha conmigo las sencillas observaciones que sus conveciuos pobres, y eran los más, hacían al buet o de don I, u ¡s: -Diez son. ¿Piensas que no los vale? Toma y te convencerás- -contestó don Luis, ofreciéndole un magnífico tabaco. ¡Dios me libre de fumármslo! Se me atragantaría en la conciencia. ¡Cuánta riqueza para unos y cuánta pobreza para otros! Con lo que usted tira al aire en medía hora, pudiera comer un día toda mi gente, que son seis entre mujer y muchachos, y se pasan á veces las semanas sin bocado caliente. Don Luis dio, en vez del cigarro, un duro al ojeador. -Toma, come dos días y déjame fumar sin mal sabor de boca. Pero desde entonces sintió el mal sabor de boca. Considerando las razones del ojeador, mirando á los demás necesitados, más le amargaba el cigarro cuanto más bueno y caro era. Parecíale que con cada bocanada de humo aromático salía de su boca un insulto á la necesidad ajena, Don Luis rebajó la tarifa de su vicio. Y hallóla todavía muy alta aquel mendigo vicioso, incorregible, recolector de las colillas arrojadas á la calle. -Don Luis, ya no tira usted aquellos medios cigarros tan hermosos. -Los apuro algo más. -Y son de á peseta; los conozco de vista. ¿Te parecen baratos? -Comparados con los de antes. ¿Para qué gastar ese dineral? ¡Son tan ricos los de á quince! ¡Y pensar ciue con los ochenta y cinco céntimos de diferencia podría yo fumar toda una semana tabaco limpio en íufirar de estas coliUciSi ii y! -Señor- -le decía en lo más espeso del monte un viejo ojeador que por la miseria de cuatro reales se pasaba el día entero echando los bofes y desangrándose en los jarales para levantar la caza. -Señor don Luis, ¿cuánto le cuesta ese cigarro tan grande y ensortijado, ¿Es verdad que diez reales? Don Luis vio que aquello era vicio; pero el vicio tiene también sus fueros, á los que no debe de atentar otro vicioso. Y don Luis volvió á rebajar la tarifa. Eran de prueba dura los días en que llegábanlas frecuentes remesas de viandas finas y vinos delicados. Desde la estación del ferrocarril subían, sudando á