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ámM li; n: í: lW! ll ¡í ¡ií ¡ll í íÍfi É LA CAPA DEL PROCURADOR s tin escándalo vergonzoso! ¡3 s una procacidad intolerable! -jBs un desacato verdaderamente punible! ¡Es casi casi un delito de lesa majestad! Así murmuraban en un grupo unos cuantos señores graves, tiesos, encopetados, con gestos y ademanes que acentuaban aquellas severas manifestaciones de protesta y de indignación. ¡Es nna graciosa ocurrencia! -Es el uso legítimo de un perfecto derecho! ¡E J. na demostración laudable de puro españolismo! ¡E s un hermoso ejemplo de carácter y de independencia que debiéramos todos imitar! Con estas frases parecía que contestaban á aquellas imprecaciones otros cuantos señores que formaban grupo aparte, y en cuyos semblantes y actitudes se veian claras muestras de animación, complacencia y regocijo. Estos dos grupos fueron aumentando 3 formándose otros análogos en que se proferían las mismas ó muy semejantes palabras, amén de algunos corros en que, mezclado los contradictores, las censuras y las alabanzas se convertían en vivas y apasionadas polémicas. Esto ocurría el 22 de Marzo de 1836 en el antiguo y ruinoso templo del Espíritu Santo, convertido en Salón de Cortes, donde se había reunido el Estamento de procuradores y después de terminada la solemne sesión de apertura, á que había asistido la Reina gobernadora. E El discurso de la Corona había producido grandes y contra, las impresiones, enardeciendo las pasiones políticas de liberales y reaccionarios. Basta recordar uno de sus párrafos: No hay duda en que los Institutos religiosos han hecho en otros tiempos grandes servicios á la Iglesia y al Estado; pero no hallándose ya en armonía con los progresos de la civilización ni con las necesidades del siglo, la voz de la opinión pedía que fuesen suprimidos, y no era justo ni co; veniente resistirlo No era esto, sin embargo, el motive de aquellas agrias murmuraciones, de aquellas severas censuras, de aquellos entusiásticos encomios, de aquellas vehe mentes controversias y acaloradas disputas. La causa ocasional de la indignación de los unos, de la admiración de los otros, del regocijo de algunos y del alboroto de todos era el traje con que se había presentado en la sesión regia el procurador por Segovia, D. Miguel Burgueño, y sobre todo, la capa, la amplia y casi rastrera capa de altísimo cuello, que no se había quitado de los hombros. II Al día siguiente la cuestión pasó á la Prensa, y los más importantes periódicos de la época, reflejando las opuestas opiniones, entablaron polémicas no menos vivas y apasionadas. El Español se declaró desde luego acérrimo enemigo de la dichosa capa, poniendo á su dueño como chupa de dómine; El Eco del Comercio tomó la defensa del procurador y de su indumento; La Revista Espa-