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zado en un guijo, en una pedrezuela del sendero, q ue se ha hecho montaña y no me deja pasar. ¿Y para qué es el saber, maestro? Para hacer de las montañas pedrezuelas. -Ayudadme vosotros. ¡Yo estoy vencido! Y el acento del maestro fué triste, quejumbroso, como empapado en un liondo y sincero dolor. La escritura de concierto no justificaba aquel extraño estado de espíritu. El retablo había de ser de nogal y pino de Soria; el oro, batido y de la mejor calidad; los colores, escogidos; los verdes, de Francia; el carmín ó laca, de Venecia; los azules, de Alemania; la estofa, buena; la talla, de lo más rico; el orden de los grupos y figuras, de los asuntos, tamaño y representación, claramente determinado. ¿Qué dificultades habría para el maestro? Pero había un detalle... Uno solo, que era lá pedrezuela que se había hecho njontaña: ítem: en el primer tablero del dicho retablo, al lado que dicen de la Epístola, pondrá, también en alto relieve, el Santo Misterio de la Inmaculada, con las figuras y ángeles que sean menester; todo según! a maña del dicho escultor. ¿Y qué? -dijeron Matías y el oficial. -El diseño de la obra es éste; sólo falta llenar ese estrella crepuscular, alta y serena como la luz de un cirio bajo la cúpula del santuario, aparecía llamada por el Ángel del Señor, en la eterna Anunciación de infinitos misterios. ¡Ha de ser algo tan puro como todo eso! AI fin, el maestro Alonso pudo llenar aquel tablero blanco. Fué como una dulce visión, como un divino sueño que se hace carne sin mancha ni pecado. En el centro de una estancia oriental, suntuosamente decorada, aparecían el señor San Joaquín y la señora Santa Ana; un ancho rayo de oro se aÍDría hasta envolver el castísimo abrazo de los venturosos ancianos. En la puerta que en el fondo se abría también par del atrio, aparecía un mancebo llevando sobre los hombros un blanco recental. El símbolo quedaba hecho. Todo él era puro, ingenuo, de una sencilla é infinita poesía; el Misterio debió ser éste que soñó el obscuro artista. Concebida en la alta ternura de la ancianidad, en un ancho rayo de sol, ráfaga de oro vivo que saca flores de las varas secas... Concebida en un mundo casto y desagrada mansedumbre, en el que no cabe el pecado. Así, sobre los hombros de un mancebo, se ofrece el inocente y blanco recental. En aquella página se ofreció la gloria del maestro, 1 t v- k si t- hueco blanco que corresponde al primer tablero de la Epístola. Buscadme una bella y sencilla representación de tan alto Misterio, y yo os la pagaré como es debido. En el cristal del cielo resbalaban las mansas tintas del ocaso, el oro y las rosas que ofrecía la tarde. La La bárbara llamarada que consumió el retablo, no logró borrar aquella sei ena visión, tan bellamente representada. Otros maestros la copiaron y reprodujeron, psrque la envidia muerde, -p. ero no borra ni mata ni apaga el rayo del sol. Josa NOGALES DJBUJOG DE ATENDE 2 BfíJNGA.