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ü l arcediano D. Diego de Carvajal había muerto en aquel año, por San Marcos, disponiendo, ante escribano, que una parte de su caudal se emplease en la construcción de un gran retablo en la capilla mayor de Santa María, donde quería que sus huesos descansasen. Su mujer, Ana Pacheco, estaba llorosa; su hija Beatriz clamaba á los santos de Dios que devolviesen el juicio á su desdichado padre; su sobrino Matías, dorador afamado, veía perderse la buena hora entre el enmarañado desconcierto mental de su tio y maestro. En opinión del gremio, Alonso había perdido el r 03 Fué cabezalero y cumplidor su sobrino D. Fernando de la Cerda y Carvajal, quien, enterado de los muchos y no pagados merecimientos de Alonso Nájera, el d é l a Serena concertó con él la construcción del retablo, especificando punto por punto todas y cada una de sus cláusulas y condiciones, para que la voluntad del difunto arcediano no tuviera de qué sobresaltarse. Dando las necesarias fianzas recibió Alonso trescientos ducados á buena cuenta, para atender á los primeros gastos de material y jornales. Y con la escritura de concierto y capitulación, hecha por el escribano Andrés Laguno, el maestro escultor quedó tan satisfecho de sí como envidiado de los demás. Al cabo de unos días, leyendo y tornando á leer las condiciones concerta. das, se fué quedando triste; no hablaba ó hablaba entre dientes; meditaba al parecer una cosa muy profunda, y acababa haciendo desesperados gestos de impotencia y amargor. Dibujaba también con febril arrebato, y borraba lo dibujado con rápida conturbación. juicio en castigo de su soberbia. La obra era superior á su ciencia y experiencia. El demonio de la tentación le había hecho suyo. Como pasaba el tiempo y no se vislumbraba alguna bonanza en la tribulación del maestro, Matías y el buen oficial Hernando Sanabria decidieron hablarle. Era caso de conciencia, aunque no era caso muy fácil. El maestro tenía el genio vivo é iracundo; la color verdosa, como de hombre amargado; el pelo crespo; la barba negra con ciertos hilos de plata; la nariz fina; la frente alta; los ojos dóciles á toda sensación y sentimiento. Era una tarde serena y dulce, henchida de unción otoñal. Ea pompa roja de los jardines y el olor de los frutos maduros que subía del mercado iejo, como una ofrenda pagana, imprimían en las almas de los artífices un lejano latido renaciente y audaz. Concebían una labor cristiana, en que los misterios se en cuadraban entre frisos y orlas, entre guirnaldas de ámpelos, cabezas de faunos y rosales floridos. -Maestro, nadie sabe nada de tu obra. Muchos creen que no saldrá de tus manos. He aquí que la buena hora de la Fortuna se perdería miserablemente. -Mi obra está concebida: está aquí. Pero ha trepe-