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más le ofrecía la posibilidad de ir al teatro de vez en vez, gracias á las butacas del periódico. Así es que la infortunada señora no tuvo más remedio que bajar la voz, reprimir sus nervios y ofrecer al ratón cortezas de queso y bizcochos de soletilla, pues con su auge, el poeta y el roedor habían adquirido costumbres sardanapalescas, y no se contentaban ya con rancios mendrugos. Aquella época fué la más feliz de la vida de los dos amigos. No se separaban ni un instante, y el ratón pasábase las horas cobijado en el bolsillo del poeta, de donde salía de cuando en cuando para ver la luz del sol y espantar á las señoras que estaban cerca. Al café, al teatro, á la redacción, á todos los lugares donde iba el poeta iba también el dichoso animalejo, y los amigos del vate, seducidos por la gentileza del roedor, le agasajaban y mimaban á porfía, con lo qu el ratón engordaba de manera portentosa y se puso tan lucio como un cerdo cebado. u n a noche, al volver del estreno de un drama, el poeta se sintió enfermo, y á los tres días se murió, sin que los auxilios de los médicos, las tisanas de la p a t r o n a y el inútil afecto del ratón sirviesen de nada contra la pulmonía que se lo llevó al otro barrio, mientras el roedor, medio oculto entre botes y frascos, miraba todo sin comprender nada. Pues señor, que el vate se murió, y que los amigos pasaron un guante para procurarle entierro decoroso, dado que el poeta había muerto sin dejar un cuarto, cual es uso y costumbre de los vates y aun de algunos que no lo son. Aquellos caritativos señores entregaron á doña Lucila parte de la cuestación, para que la señora la administrase según su entender, y la pupilera compró cuatro altas velas amarillas que al encenderse, cuando trajeron el ataúd y se metió al poeta dentro, prestaron al difunto y á la estancia un aspectodistinguido y casi señorial. Doña líUcila, muy satisfecha, contemplaba su obra, pensando para sí: ¡Pobrecillo! Es la primera vez que parece una persona decente cuando, de pronto, sus ojos descubrieron una forma negra que resbalaba silenciosa y rápida por el suelo. Era el maldito ratón. Espera, condenado- -murmuró la patrona; -lo que es ahora no te escapas. Y salió fuera, en requerimiento de un arma. Entre tanto, el ratón avanzaba hacia su amigo. Entre las nebulosidades de su cerebro nacía una idea que le impulsaba á acercarse al vate, tan tranquilo, tan silencioso, dentro de aquel cajón alargado. Semejaba dormir y su aspecto traía á la memoria del animal remembranzas de los muebles viejos, de los objetos empolvados é inmóviles, entre los que había vivido en las cuevas y en los desvanes. Parecía que al poeta le habían arrojado fuera de la. vida, al rincón obscuro donde los hombres hacinan cuanto no les sirve. El ratón acercóse más al ataúd, brincó ligero y cayó sobre el cadáver. Su hociquillo bigotudo olfateó inquietamente las frías manos, cruzadas sobre el pecho, y renunciando á descubrir el por qué del misterioso silencio y de la profunda quietud de su amigo, el ratón intentó escurrirse entre los botones de la levita, llegar al bolsillo donde dormitó tantas veces, sobre el palpitante corazón del poeta. Pero no llegó á lograr su intento porque de pronto algo, una masa dura, enorme, pesada, un monte que se desprendía desde el cielo, se desplomó sobre su cuerpo, lo torció, lo magulló, rompió los finos huesos dentro de la envoltura de la piel, y el ratón sólo pudo entrever á doña Lucila que, sonriente y victoriosa, sostenía en su diestra un tremendo palo. Después el animal entreabrió angustioso el hocico, se encogió dos ó tres veces, estiró u n a pata y murió. La patrona cogió el cuerpo exánime con unas tenazas, lo echó á la espuerta, y cuando se llevaron el poeta al cementerio, sólo unas manchas de sangre que bermelloneaban algo sobre la levita eran memoria del afecto más tierno y verdadero que el paso de aquel hombre por el mundo había hecho nacer en una criatura mort; 1. M- u -io L O P E Z- R O B E R T S DIBUJOS DE REGIDOR v r -C ¿j jSlfe t