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V m m: á W PERSONAS Y ANIMALES EL R A T Ó N Y EL POETA ONQciÉEo; sE en ia clásica buhardilla, donde los poetas riman calenturientos y los ratones corren buscando comida entre trastos inservibles y papeles viejos. Su amistad nació un día de hambre en que el poeta sólo tenía por almuerzo un mendrugo y el roedor no poseía ni siquiera ufia miga. El poeta descubrió en un rincón el hociquillo del bicho, vio brillar codiciosos los lucientes ojos de azabache, y apiadado de aquel hambre y de aquer triste desamparo, aún mayor que el suyo, arrancó del mendrugo una corteza reseca, agrietada, casi fósil, y la arrojó al ratón, pensando que los agudos dientes del animalejo darían buena cuenta de aquel socori- o. Impulsada por la dadivosa mano, la corteza describió una elegante parábola por los aires, y luego cayó, con la pesadez de una piedra, entre los tomos del Diccionario de Madoz, sabia fortaleza donde el ratón se albergaba. I a brusca llegada de aquel maná imprevisto alarmó por el momento al ratón y le hizo retirarse rápidamente á más seguros abrigos, dejando sola y despreciada á la limosna del pan. Pero el tufillo que se desprendía de la corteza, aquel irresistible aroma á manido que se filtraba entre los tomos del Diccionario, llegó hasta el recóndito lugar donde el ratón se escondía. El hambre venció á la prudencia, y al fin, tras infinitas precaucioaes, con el corazón palpitante, inquieto, trémulas las finas patas, estremecido el escamoso rabo, el ratón salió de su escondite, acercóse prudente al pan y lo nrordió. Al hacer esto, el instinto que regía su cerebro de bestia le impulsó á llevarse rápido el pan á su escondrijo, para comérselo: allí con todo reposo, mas un seiitimientó nuevo le hizo quedar, se, le llevó á contemplar sin gran temor á aquel ser extraordinario que, cual un Dios próvido y clemente, socorría á los menesterosos, sin perseguirlos con escobas. y trancas. El poeta, inmóvil y sonriente, miraba al ratón, y el bicho, admirado, por esta actitud, se familiarizó pronto, permitióse saltitos de satisfacción, inesperadas volteretas cómicas que expresaban el júbilo de su estómago repleto. Desde aquella fecha, el hombre y el animal fueron muy amigos, casi hermanos. Todo esto pasaba en los románticos tiempos de la Revolución del 68, y merced á las agitaciones de aquel tumultuoso período, el poeta de pronto vio mejorar sus días, gracias al amparo de un amigo, que le llevó á la redacción de uno de los infinitos periódicos creados por entonces. El sueldo, aunque escaso, era una inesperada fortuna para el poeta, y le permitió cambiar su camaranchón por el gabinete con alcoba de una casa de huéspedes, adonde se fué con su ratonil protegido. La pupilera, llamada doña Lucila, puso el grito en el cielo cuando el poeta la mostró el ratón, anunciándole que aquel bicho vivía con él. Ante la vista del travieso roedor, la patrona sintió sublevarse sus más pudorosos temores y sintió que los nervios se la estremecían de manera terrible, impulsándola á negar hospitalidad á aquel estrafalario caballero y á su vivaracho acompañante. Pero ¡ay! la necesidad es verdugo de los sentimientos delicados. En aquellos procelosos días doña Lucila necesitaba vivir de sus pupilos, y le era imi 3o sible, imposible de todo punto, despedir á un huésped que le alquilaba un gabinete con alcoba y ade- C