Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
delicadas y prolongadas como las de la icona de marfil que se yergue dentro de una hornacina, al pie delleclio. Sabe tañer, sabe can tar, y ella misma corapone los versos de sus melancólicas querellas. ¿Por qué el Zar la aborrece? No se atreve á preguntárselo. Quizá no lo sepa él mismo. Hay sentimientos cuyo origen desconoce el alma donde reinan. Se oyen ladridos de perros, relinchos de caballos, algazara de cazadores. El Zar vuelve. La Zarina, temblante, apresta la sonrisa, pinta sus mejillas, se prende en el seno una rosa de Teherán, cogida del rosal que ella misma cuida, y sale al encuentro del esposo, como debe hacer toda esposa fiel y amante. Mientras despojan al Zar de sus arreos cinegéticos y le visten ropaje prolijamente bordado, la Zarina espera para abrochar á su dueño el redondo broche de turquesas y granates que suieta la túnica. Cuando se adelanta, dispuesta á hacerlo, con gesto amoroso, el Zar la rechaza. -Zarina, te detesto. Tu vista me es amarga como el absintio. Odio tus ojos azulados y tus lágrimas infantiles, que no aciertas á esconder. Odio la rosa que te adorna y la fragancia que despiden tus labios. Odio tus manos de marfil, semejantes á las de la icona, y tus pies bien formados, que he visto desnudas. Córtate al punto ese largo pelo rizado y, sin murmurar, desaparece en las tinieblas del convento. ¿En qué he delinquido, señor. í Te he sido leal, te he amado, te he obedecido siempre como obedece la mano á la voluntad... ¿Cuál es mi culpa? -Ninguna. Te odio. No puedo decirte más. Basta. Te encerrarán en una celda de piedra con tres ventanas; desde la primera verás una iglesia de doradas cúpulas; desde la segunda, un jardín lleno de flores; desde la tercera, un cementerio, donde has de dormir. ¡Por compasión! -gime la joven prosternada. -Déjame libre. Zar ortodoxo, y mendigaré mi sustento! ¡Déjame queccupe el último lugar entre las servidoras del palacio, y no me acordaré nunca de que he sido la Zarina! -Quien lo ha sido lo es. A la celda te llevarás tu alta corona de pedrería, tu manto forrado de zibelina, tus collares relicarios. Despáchate. Hoj te esperan en el convento de la Panaxia. Allí conducen la misma noche á la Zarina. Emparedada en su celda, cuando Se despierta, cree aV pronto haber sonado un horrible sueño, pero no puede dudar: reconoce las tres ventanas, desde las cuales ve la iglesia, el jardín, el cementerio con sus túmulos de césped y sus cipreses obscuros. Sacude la cabeza: la soberbia mata de pelo ha desaparecido. Oculta el rostro entre las manos y llora, llora tres días y tres noches, rehusando el alimento. Al tercer día, exánime, bebe una jarra de ku? ms, y se resigna. Tsdas las mañanas reza ante las cúpulas de oro: todas las tardes canta, acompañándose con subandura, canciones dolientes. Nunca se asoma á la ventana que cae al cementerio; su único consuelo es mirar el jardín florido. Pero el invierno se acerca; el soplo de su yerta boca despoja los árboles. El cielo gris apenas deja filtrar la claridad lívida del sol. En el hori-