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¡Ah! ¡Lo Jurarla! -exclamó él. -Lo estaba locamente... Tuve una señal para saberlo de fijo- -prosiguió Clotilde. -una señal que á mi misma me aterró por lo clara y evidente: era algo que impresionaba. Usted recordará que veníp mucha gente á casa y que generalmente los hombres me besaban la mano. Jamás sentí, cuando realizaban esta fórmula de cortesía, otra cosa que lo que puede sentir una imagen de palo al besarla los devotos. Y cuando usted me la besó, á travé. s del guante noté la impresión de una quemadura y temblé toda por dentro. Ahoi a, al besármela su hijo de usted, como se le parece tanto, me acordé de lo pasado, y le advierto que me emocioné. i Q u é ceguera la mía! ¡Todo eso debí observarlo! ¡Necio de mí! -exclamaba el grave diplomático, olvidándose de que nuestros lamentos no hacen volver atrás al tiempo y que el río no lleva dos vece e g a i d a s la misma agua. -De modo que usted hubiese... usted querría... ¡No sé cómo decir... -No, Bruno; le advierto á usted que yo estaba resuelta á no caer... Mejor dicho... yo lo estaba siempre. excepto un día, día memorable. ¿Qué día? ¿Pero ese día existió. ¡Ya lo creo que existió! Si no puedo comprender que usted no acertase lo que pasaba en mí. Fué el día de una fiesta en casa de Altacruz. ¿Se acuerda usted que representamos aquel bonito probervio francés? Si me pregunta usted por qué ese día, no se lo sabré decir; pero lo cierto es que, como por una operación interior misteriosa, habían desaparecido mis virtudes, mis resistencias, y estaba tan entregada, tan rendida, que no hubiese usted necesitado esfuerzo alguno... En toda alma enamorada de mujer hay una hora así. En esa hora ella misma quita los obstáculos, lo dispone todo, lo allana todo, lo precipita todo... Parece que dentro de elhi hay alguien, otra persona, que la hace marchar como si fuese un autórnata y la diesen cuerda con un resorte. Yo hice así. Como iba usted á retirarse, le dije: Tengo ahí mi coche. ¿Quiere usted que le acerque á su casa ó le deje en el camino? ¡Ciego, ciego! -repitió Bruno desesperadamente. ¡Sí, es cierto q u é m e l o dijo usted! Pero yo no vi en ello la ocasión; ¡al contrario! lo que vi fué un alarde de usted, que me declaraba in, significante, desdeñable, sin I peligro alguno... y en vez de aceptar, quise darla á usted celos... ¡necio! ¡ciego! ¡y fui á acompañar por la escalera, á dar el brazo á no sé qué muchacha! -Y yo sollocé de rabia dentro del coche... Y juré, juré que ¡nunca! y cumplí mi juramento... El grave diplomático se echólas manos á la cabeza para arrancarse pelo... Pero ¡tenía ya tan pocos! Así lo hizo notar, burlándose de sí mismo... ¡Ser un viejo calvo! ¡Ser un viejo! ¡Clotilde! -Más calva era la ocasión- -respondió dulcemente ella señalando hacia el biombo, detrás del cual avanzaban, muy peripuestas, dos señoras. EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDEZ B 3 Í 1 NGA