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¡Sarita Urribarri reúne tantas cualidades! En primer lugar, y digan lo que quieran, las envidiosas, es muy bonita, y su inmensa fortuna, circunstancia no despreciable... El joven hizo un ademán, como el que desvía una importuna mosca, y, recogió sólo la primera parte de la conversación. -Es una mujer encantadora. Sentado á su lado, por bondades de usted, en la mesa he podido apreciar que tiene talento, ilustración. Salgo... ¿á qué negarlo? un poco impresionado, condesa. -Pues no iiüs haga usted el cumplido: vayase corriendo al Real, donde volverá usted á encontrarla. Hoy x y s M a. 3 l cantan Walkyria, ópera muy larga; todavía tiene usted tiempo... Y usted, amigo mió, acompáñele si gusta. -Si usted no pensaba retirarse, me quedaré un instante, condesa- -murmuró el diplomático. -íCo suelo acostarme antes de la una... Acaso venga todavía alguien desde algún teatro á concluir la noche. Leoncio se despidió con igual rendimiento, y apenas su elegante silueta hubo desaparecido detrás del biombo de seda brochada, el embajador, acercáhd: ose familiarmente á la condesa, exclamó: -Clotilde, ¡si viese usted qué gozo me da el volver á verla! ¡Después de tantos años, de tanto viajar, de tantas cosas como han sucedido! ¿No se alegra usted, ingrata? -Sí que me alegro... Para mí siempre será usted aquel Bruno, aquel amigo incomparable... -Perdone usted... algo más que amigo, algo más que amigo... ¡Bien sabe usted que... nada más! El frunció el ceño, y sentándose frente á la dama, al otro lado de la alegre chimenea de leña que empezaba á decaer, suspiró como si todo lo recordado, lo difumado por el tiempo, hubiese sucedido la víspera. En efecto, siempre le había mortificado un poco, en su vanidad de hombre habituado á triunfos, la memoria de su fracaso con Clotilde Ayala, probablemente la mujer que más le había interesado en el mundo... Y lo cierto es que no se lo explicaba. Era indudable que Clotilde estaba con él frecuentemente muy tierna; otras, es cierto, arisca y hasta enojada, burlona y desdeñosa... Como que la mitad de las veces no sabía él qué actitud adoptar, desconcertado por lo que juzgaba tramitación de coqueta ó defensa de una virtud que no quiere sucumbir. Y en esta lucha, en este afán, habían transcurrido dos años, dos años mortales de zozobras, esperanzas, locos an- obamientos, imprudencias cometidas á la faz del mundo... hasta que descorazonado se precipitó á salir de España, tomando la ausencia como remedio supremo... y heroico... Desde entonces habíanle ocurrido mil lances; pero el amor propio dolorido y la curiosidad insatisfecha punzaban todavía... ¿Por qué, por qué no había sucedido lo que debía, lo que no tenía más remedio que suceder? ¿Quiere usted decírmelo, Clotilde? Será una tontería, ¡pero si supiese usted que no me he podido resignar a ignorarlo! ¿Por qué no fuimos otra cosa que amigos? -Un poco tarde es, Bruno, para pensar en semejantes tonterías; los dos podríamos ser abuelos, y Leoncio parece que se propone que usted lo sea á corto plazo, si se arregla lo de Sarita, que haré lo posible á fin de que se arregle... ¡Ea! ya que usted me lo pide con tanto empeño, por lo mismo que no nos queda el consuelo de suponer que corremos ningún peligro... le diré lo que una mujer en mi caso dice raras veces: la verdad entera, sin disimulos ni veladuras. Hace provecho desahogar el corazón, y se diría que al abrirlo dejamos escapar la pena y el dolor de lo fallido de todas las esperanzas y los deseos que pasaron. Atice usted un poco esa chimenea; nos estamos quedando fríos... y no quiero llamar al criado ahora. El diplomático obedeció agitado y torpe. -Sepa usted, ante todo, que yo estaba tan interesada, cuando menos, por usted, como usted por mí...