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l t ME Sií. íi PAISAjn D t ÜJ JNO El Sol, que antes, altivo, sacudía su dorada melena, mostrando, con orgullo, los encantos de su ideal cabeza, se rinde... se obscurece... ¡ya sus labios lujuriosos no besan á la Tierra! En la plomiza altura, vapores venenosos se condensan... El huracán, bravio, troncha ramas y troncos, bramando con fiei eza. El relámpago, ya, con arrogancias audaces, fulgura y culebrea cual serpiente de fuego, que al espacio desafiara... Ruge la tormenta como leona herida, y sus rugidos monstruosos de bestia apocalíptica, las almas turba y abate las cabezas... ¡Cae el rayo homicida... Cae el rayo lauscando las entrañas de la tierra, después de estremecer las de los hombre. que de amor y esperanzas están llenas... ¡Negro está el horizonte... IvOS semblantes, encarnan, del espanto y la tristeza, el gesto doloro. so... I a ciudad, á un viejo camposanto se asemeja ¡está callada, sola, abatida, doliente é indefensa! Ea campiña está triste, llorando por su amor, por sus cosechas, que puede destruir en un instante el beso abrasador de la tormenta... Eos árboles, medrosos, hasta el cielo sus súplicas elevan, retorciendo los descarnados brazos... En el aprisco, la inocente oveja, con su balido amable, al corderillo, que salta y corretea, llama hacia sí, temiendo que algún percance sucederle pueda... en caliaas pellejas, indiferente á todo, en su callosa, ruda mano, reclina la cabeza... El fiel mastín, su amigo inseparable, el que libra del lobo á las ovejas, á sus pies está echado, con el oído y el olfato alerta... ¡Y todo son negruras... todo tribulaciones y tristezas... el relámpago brilla, y se sucede el ravo con mortífera frecuencia... De pronto, se desgarra el horizonte... brilla otra vez el Sol... el viento cesa... el relámpago muere... muere el rayo y muere la tormenta. Recobran su alegría los semblantes; se confortan las almas, se consuelan los pechos, y elévanse las frentes... La ciudad resucita: ya hay en ella fe, confianza, amor, trabajo, vida... La campiña, con su divina orquesta, entona su canción majestuosa, su plegaria de amor para la Tierra... Los árboles, sus brazos doloridos á plácido quietismo al fin entregan, y en el aprisco, sus amores balan el cordero y la oveja; Sale el pastor del chozo, al Cielo mira; requiere su cayado; la red suelta que cerraba el aprisco, y, con su perro y su rebaño, vuelve á la tarea patriarcal de subir y bajar lomas, y cruzar valles, y bordar veredas... ¡Ya es todo vida; todo es esperanza; todo es afán y amor... Pero, las penas, rugen tempestuosas en las almas, amenazando fértiles cosechas, y si no las destruyen totalmente, ¡qué mermadas las dejan... CARLOS FERNANDEZ ORTUÑO DIBUJO DE J FRANCÉS