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A 4 t iíS -t, f Úi y. e í 1 JÉj LA ESTATUA DE VALERA V QUÍ en estas líneas no vamos á hacer iina síntesis crítica de la obra, de la psicología del amado maesj f J tro D. Juan Valera, Este es uno de los nombres, acaso el único, que es universal y cariñosamente res 117- 1.1 petado por la juventud de ahora, por la nueva generación de escritores. Otros literatos de nuestra patria son discutidos; á éstos se les niegan tales condiciones, y se les conceden tales otras; á aquéllos se les acepta á regañadientes, con distingos, de mala gana; á unos terceros se les protesta en redondo; D. Juan Valera ha sido, en la segunda mitad del siglo x i x y primeros años del x x el maestro querido y respetado por todos. Su bondad, su escepticismo indulgente, su mucha experiencia de la vida, su amable y elegante desdé por lo vulgar y plebeyo- -siquiera mereciese el aplauso de las muchedumbres- -eran cosas que encantaban y atraían á todos. Pero repetimos que no vamos á hacer una crítica ni un examen de su manera de ser. Se trata de otra cosa. Ks la siguiente: el Sr. Conde d é l a s Navas ha dedicado á la memoria de D. Juan un breve y substancioso folleto en que hace el resumen de su vida y de sus hábitos cotidianos; al final del trabajo, el Sr. Conde se despide de sus lectores deseando que al querido D. Juan se le consagre un monumento, se le alce una estatua que perpetúe su memoria. No necesita monumentos el hombre que tan bellas y buenas cosas hizo; su memoria será eterna, sin mármoles ni bronces, porque vivirá en el corazón de todos los que amen lo bello. Pero D. Juan Valera vivió una vida modesta; en el último período de su vida, él vio cómo se consagraban á éstos ó los otros compañeros suyos ruidosos homenajes; á él no se le hizo objeto de ninguna distinción colectiva, social (popular no podía ser, porque, por fortuna, él no fué nunca popular) los escritores jóvenes que le amaban, no le rindieron tampoco u n testimonio público, ostensible, de su admiración. Y por todo esto, la estatua que ahora se pide, más que un homenaje á una persona, es una en cierto modo reparación social, ó mejor, expiación colectiva de una negligencia, que la sociedad española debe realizar para que una de las cosas que son el fundamento de las sociedades- -la Justicia- -no quede mancillada. Necesita, pues, una estatua D. Juan. ¿Quién hará esta estatua? Cuando le encargaron á Rodin la efigie de Balzac, Rodin comenzó por trasladarse á la tierra natal del novelista; allí estudió los tipos, los interiores, las escenas que el novelista había copiado; Rodin leyó también detenidamente todas las obras de Balzac; luego examinó todo lo que se había escrito sobre el novelista- -crítica y psicología; -después se procuró los retratos que de él se habían hecho (la única fotografía del novelista, un daguerreotipo, fué destruida cuando el cerco de París por los prusianos) últimamente Rodin inquirió, busco gentes que se parecieran físicamente á Balzac y con ellas á la vista hizo multitud de bocetos y ensayos. Todo esto hizo un grande y concienzudo escultor para labrar la estatua de un gran novelista. Una cosa análoga sería preciso hacer respecto del querido, del muy amado D. Juan Valera. AZORIN DIBUJO DE nSPl