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LA CASTAÑERA ¡Cuántas, calentitas, cuántas, asas, calientes, que queman! Así gritaba en la esquina de una popular calleja, con ronca voz una moza muy entrada en los setenta, y, aproximándose un viejo, dijo así á la castañera: -Comadre, no pasa día por usté. Y respondió ella: -No es uno el que por mí pasa, son muchos los que me aviejan; pero el consuelo que tengo es que usté también frisca en los que j o. ¡Quizá! -Toma, claro, d ayer es la fecha. ¿Me conoce usté? ¡Muchismoí- ¿Es de veritas? ¡De veras! ¿A mí de qué? -De comprarmcastañas en otras épocas, y requebrarme de amores y colmarme de finezas. ¿Está usté segura? ¡Digo! ¿Soy yo aquel? ¡Y yo la mesma! ¿Y usté me escuchaba? -A veces. -Y la gustaba á usté? -A medias. ¿Y yo era guapo? ¡Muy guapo! ¿Y usté era negra? ¡Muy negra! ¿Y yo pa usté, qué... ¡Naíta! ¿Y usté pa mí, qué... ¡Soñera! Usté venía, cotnpraba, yo le daba á usté la esencia del puesto, usté me decía un par de cositas güeñas, yo hacía por no escucharlas, aun quedándoseme impresas en el alma; usté se iba, después de un rato de pelma, y así treinta y siete años; ¡conque d ayer es la fecha... ¿Y es usté, con esas canas, aquella moza morena? ¿Y es usté aquel mozo erguido de entonces, con esa chepa? ¡Soy el mismo! ¡Y yo la misma! ¡Dios mío, cónro cambean los tiempos! ¡Malditos años, todo, todo lo atrepellan! ¡Cuidado que hemos perdido un tiempo precioso, prenda! ¿Por qué no me dijo usté con los ojos que volviera? -Entonces yo no sabía ese lenguaje por señas. ¿Y ahora, qité... -Pues ahora na... ¿Qué hacemos? -Pues yo calceta, ¿Por qué no hemos de quererno. en todavía? ¡Usté sueña! A interrumpir á los viajes llegó con cara risueí: i un muchachito que, alegre, mostró orgulloso u n a í r r a y dijo: ¡Diez de castaña, Dióle castañas la viej; y mientras aquel chiquillo con una alegría inmensa se alejó con sus castañas, el anciano, con tristeza contemplándole, decía: -Ve con Dios y él te proteja; á ti el frío del invierno te da vida; á mí me hiela; un año más de castañas y uno menos de existencia; y también, triste y llorosa, la anciana gritó con pena: ¡Aprovecharse, muchachoSf que se va la castañera! Cuántas, cuántas, calentitas, isás, calientes, que queman, ANTONIO CASERO