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-1 J, I r LAS ANIMAS T G) ED, h a llegado ese día que la Iglesia suele dedicar á las almas de los difuntos. ¿Qué resta sin nioi- ir V y en este lánguido agonizar del año? Ya el invierno acelera su llegada, y son lieraldos suyos las nubes T obscuras, la lluvia cansada, el bramar de las olas en los acantilados. Por la mañana tardan las nieblas en desvanecerse y andan por los barrancales oscilando como apariciones, como cendales, como sudarios que quisieran envolver el cadáver de la Naturaleza. Y llueven las hojas, caen lentamente, amarillas, como lágrimas del año. ¿Qué. resta sin morir... También en el alma, que es como u n reflejo de los accidentes exteriores, van cayendo agonías, lágrimas y muertes. Únicamente se levantan redivivos los recuerdos; pero son recuerdos de muerte. Y se levanta el pasado en toda su amargura: la España caída, los ejércitos vencidos, los soldados p. erdidos en los bosques remotos, la gloria desaparecida... ¡Muerte de las cosas más amables y afortunadas! Confusa y revueltamente danzan la danza de la muerte nuestros recuerdos. Como en las pinturas calenturientas de la Edad Media, en las que nadie faltaba en el baile de los muertos- -reyes, peclieros, clérigos y seglares, -así también en nuestra danza macabra actual nadie íalta: honores, prestigio, fuerza, esperanza, entereza cívica, milicia, justicia, todo. Todo baila en esta novísima danza de los muertos que el genio febril de Holbein nunca hubiese podido imaginar. Pero en el culto de la Iglesia, las almas de los vivos suelen encomendarse á las almas de los muertos. ¿Por qué no tener también nosotros el culto cívico de las almas fuertes que murieron en olor de santidad y de gloria... Más todavía: ¿por qué no hacer un culto de nuestras propias almas, encomendarnos á nuestras mismas almas, cultivarlas y hacerlas cada vez más fuertes y más buenas, un poco más briosas también? ¡Encomendémonos á nuestras propias almas! De su fondo, como de un intrincado subterráneo, extraigamos la vena de oro que toda alma, por humilde que sea, tiene escondida. Y hagamos que revivan la esperanza, la confianza, la fe y el valor, del mismo modo que esos árboles amarillos revivirán mañana con unas nuevas hojas verdes, con una nueva fruta olorosa. J. M. a SALAVERRIA DIBUJO D HEGIDOK