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Ü -ií í í. v ú ¡m EL ALMA DEL CAFE L penetrar en aquel viejo café, umbroso y callado, como desvanecido en la quietud soñolienta de la siesta, una inefable sensación de frescura invadió mis miembros; los ojos se abrieron gozosamente en la dulce penumbra, abandonáronse los oídos al liecliizo mudo del local vacío, una inspiración ambiciosa dilató mis pulmones. En un ángulo, cerca del mostrador, dos novios cuchicheaban ese cuento hadado q ie empieza á escribir la Ilusión y que desenlaza el Fastidio. Un camarero, antiguo conocido mío, vino á saludarme. El señor Juan; es un viejecillo de mediana estatura, por cuyos labios rasurados divaga siempre una sonrisa afable; la viveza de sus pupilas azules y el juvenil color rosado de sus mejillas aminoran la tristeza de sus cabellos enteramente blancos; aunque se entusiasme hablando, nunca alza la voz; sus pies ancianos caminan lentamente y sin ruido; en el vaivén de sus manos acostumbradas á servir hay una gran blandura. Cuando el señor J u a n vio que yo me disponía á escribir, lanzó un suspiro- -uno de esos largos suspiros con cj ue los hombres suelen responder á sus recuerdos- -y sus ojos se dirigieron hacia una mesa próxima. -En esa mesa- -dijo- -se reunían todas las noches, hace veinte años. Ortega Munilla, Castro y Serrano, Clarín, D. Manuel Fernández y González, de quien usted habrá oído hablar... Hice un signo de asentimiento; el señor Juan continuó; ¡Qué discusiones armaban! Entonces todos eran jóvenes. Ahí mismo escribió D. Manuel su novela j 57 cocinero de Su Majestad. Un día prometió dedicarme un ejemplar; pero nunca se acordaba. Yo, cuando le veía de buen humor, que era muy pocas veces, le decía: D. Manuel, ¿y esa dedicatoria? Él contestaba: Ya la tendrás, hombre. Pero se murió y me quedé sin ella... listo lo refería el señor Juan con cierto engreimiento, ufano de poder descubrirme aquel rinconcito glorioso de su historia, abandonándose á ese orgullo pueril que los hombres ilustres dejan en la memoria de los inferiores que, siquiera una vez, compartieron su intimidad. La anécdota del señor Juan es triste, y en la dispersión de aquella tertulia y en la desvanecida esperanza de esa dedicatoria que Fernández y González nunca llegó á escribir, yo veo reflejarse el alma melancólica de los cafés; alma andariega, ingrata y filante como la misma vida. A los cafés concurren todos los que se aburren en sus casas, los que no tienen el valor excelso de vivir solos, los inquietos; allí se ayuntan afectos, se planean negocios; sobre el mármol impasible de sus mesas millares de pasiones de odio y de amor se han apagado. Y todas esas reuniones que disolvió la muerte de. los unos y el cansancio de los otros, todos esos cariños que rompió el hastío, todas esas amistades frivolas que zurció la casualidad y alimentó la holganza, parecen haber dejado en ellos un rastro de sutil pesadumbre. Eos cafés son tristes; el cristal de sus espejos, el terciopelo raído ce sus divanes, el lamento de sus puertas por donde aquella juventud que rió con nosotros ya se ha marchado, hablan de ingratitudes. Cafés madrileños, que allá en los años mozos servísteis de refugio á nuestros desvelos estudiantiles y á nuestras citas de amor, vuestra alma es do olvido... EnuAKoo ZAMACOIS D 1 EU 13 UR 1. FRANCÉS