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El reloj, invención ciudadana, arma de que se valen los guardadores del rebaño parr, que no se ro: npaa los rediles donde lo encierra, ha creado el sentimiento de la puntualidad, que es una tontería con pretcnsiones. La puntuíilidad es un rasero abominable que permite la comisión de muchas injusticias en nombre de u n p r m c i p i o igualatono demasiado ridículo para ser aceptado sin protesta. La puntualidad es la virtud de quien no tiene otra. Es también una necia demostración del necio orgullo de los hombres. ¿Quién puede uianarse de llegar a la hora en punto á una cita, á una aventura ó á una oficina? Su cronómetro puede marcarlcí, pero en el verdadero reloj siempre faltarán ó sobrarán algunos minutos... ¿Que necesidad existe de saber el momento exacto en que nos ocurre un suceso venturoso ó desagradable ¿Ni como suponer que lo sabemos por el solo testimonio de un reloj, al que damos más crédito que á nuestro propio corazón... Alejados de la madre Naturaleza, ya no tenemos poder para descifrar sus signos, y procuramos suplirlo con nuestro ingenio... Ese poder lo conservan las gentes humildes y sencillas; los pastores, los eampesmos y los aldeanos que. elevan su mirada á los astros y leen de corrido en la celeste esfera... ¡Quien fuera como esos puros, dulces, ingenuos y venturosos seres que aún viven dentro del Paraíso C X terrenal... Desgraciadamente ya quedan pocos, porque todos van perdiendo la inocencia... ¡Pobres délos que no podemos descifrar esos signos admirables... A los de la ciudad me acojo, ya que nunca sujeto á un reloj la. dirección de mi modesta vida... Oigo desde el lecho las campanas de una iglesia próxima, y sé por ellas que el día va á romper. Luego, los infinitos pregones de la calle, instintivamente regulados por los propios pregoneros, me enteran dé las diversas horas de la mañana... ¡Judías de la Granja... ¡Merluza fresca, de la Coruña... ¡La cangrejera, vivos... ...y rábanos... Un largo silencio sucede al griterío... ¡Es la hora d e comer, que también mi estómago me señala... Después, el vendedor de puntillas, el traficante en menudosi cacharros, el ciego que nos ofrece un décimo, la orquesta callejera me dicen que la tarde va pasando lenta, monótona, como otras muchas, como todas... Anochece; se apagaron los ruidos callejeros, advirtiéndome que es la hora de la cena... Desde mi mesa escucho vocear La Correspondencia, España Nueva, Heraldo... Y un poco más tarde, mi propio cuerpo me indica que me aguarda el lecho. ¡La hora de levantarse, la hora de comer, la hora del descanso, la hora del trabajo, la hora de reir, la hora de llorar... ¿Quién mejor que uno mismo se las puede marcar con verdadera exactitud... ¡El hombre es su mejor reloj... Bien que al reloj se asemeja por completo. Persigue inútilmente al tiempo, dando vueltas y vueltas en su esfera; recibe de vez en vez la cuerda que precisa para la marcha; lirnpia en ocasiones sus muelles y sus ruedas... Y de pronto una rueda ó un muelle se gasta, se destruj e, tropieza con cualquier imprevisto é insiarnificante obstáculo, y el reloj se para, se para eternamente... 7 j fANTONIO PALOMERO D: DUJCS DE MÉNDEZ Bni: GA