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k -iUá f -í ri- r: rf V S- Jk I- g 4 M UN CASO DE CONCIENCIA SCKIBO estas líneas en el país de Francia; la casa en que vivo da sobre una carretera que va desde San Sebastián á Biarritz. Es estío y por la dicha vía no cesan á toda hora de pasar automóviles. Yo bajo los árboles leo un libro de especulaciones filosóficas; de cuando en cuando dejo el libro sobre un velador y me pongo á meditar en un hecho extraño, curiosísimo, que hace días me preocupa. Se trata de un grave problema; los dos términos de este problema son los automóviles y los perros. Y para que el lector no esté luás en cuidado, procederé á explicarme inmediatamente. I os perros son de todos nuestros compañeros de creación los que están más cerca de nosotros; sin nosotros los perros casi no podrían vivir; ellos nos estiman, nos quieren; ellos creen tal vez que nosotros hemos sido hechos para ellos; están ellos á nuestro lado desde hace mucho tiempo. Ahora bien; los perros tienen experiencia de nuestras cosas; pero de tarde en tarde surge algo en la civilización humana que los desconcierta; todas sus ideas filosóficas, éticas y aun estéticas se vienen abajo por este hecho; ellos se encuentran desorientados. Y entonces ladran, es decir, protestan y nos reconvienen por nuestra conducta absurda. Esto es lo que ha sucedido recientemente con los automóviles; los perros tienen experiencia de la velocidad de un carro, de un coche, y aun de un tren. Pero el automóvil, este artefacto vertiginoso, incongruente, ¿no era para ellos una cosa desconcertadora? Eo era; de aquí los aplastamientos, muertes y fieros males que los perros sufrieron al principio de la implantación de este invento. Pronto, sin embargo, nuestrossamigos se pusieron á la altura de las circunstancias; las roncas y sonoras bocinas eran ya conocidas- de ellos; su son les indicaba la llegada de un automóvil; era una señal infalible y ellos para en adelante sabían á qué atenerse. Sin embargo, un día aparecieron otros automóviles que no llevaban bocina ronca; llevaban una especie de pequeño órgano que iba sonando á manera de agudas cornetas. Esto ha sido estos días. Eos perros otra vez desconcertados han comenzado á ladrar desafo radamente. Toda la experiencia adquirida á tanta costa h a desaparecido; de nuevo han de observar, estudiar la realidad para precaverse del peligro. Yo desde mi casa apacible del país de Francia oigo los agudos é irónicos clarines de los automóviles y oigo también el ladrido furioso de los perros. Y yo pregunto: ¿tenemos derecho á jugar con la buena fe de nuestros amigos? ¿Podemos destruir con nuestros caprichos sus tradiciones, su experiencia, su sistema del mundo y de la vida? Yo creo que no; que ponga cada cual la mano sobre su corazón y que conteste. AZORIN DJBUJO D 2 H 3 PJ