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FÁBULA EN PROSA C e me acaba de ocurrir una fabulita y voy á escribirla ahora mismo, 1 que se me olvide. Ya sé que las fábulas deben escribirse en 1 de que se retengan fácilmente en la imaginación y cumplan i verdadero objeto á que se destinan: recordar los sabios pre ntos de la moral, indispensables para que nuestro espíritu no se tuerza en las and a n z a s del mundo... I Pero yo, sin embargo, N 7. voy á e s c r i b i r l a en piosaportres razones. Primera: porque me Vt falta- -en esteinstante, c u a n d o menos- -esa gracia especial, esa sencillez, esa ingenuidad q e n e c e s i t a el verso del fabulista, se- gún se observa en to; dos ellos. Vir ifc tudes de cuj- a i falta me ía, mentó, y que i sonmás difici -i.i, f les de poseer 7 de lo que se i A jiiti; S f imaginan a l ¿t g u n o s infeli! é ees desconocedores del gé- ñero. f. Segunda ra- zón: yonotrato de recordar aquí ninguno de los sabios preceptos de la moral, sino de lanzar á la publicidad una sencilla bagatela. Y tercera: las fábulas estañen verso porque se dedican á la infancia, y lá mía va más bien dedicada á la pubertad... Por desgracia, no puedo imitar á los fabulistas, los cuales, á su vez, imitan al Divino Maestio, diciendo: ¡Dejad que IOS niños se acerquen á mí! Bueno; pues allá va la fabulita. Kl gallo de cierto corral, rey y señor de toda aquella población gallinácea, estaba verdaderamente indignado con el cerdo que vivía en la pocilga próxima, y á quien algunas vece. dejaba el amo salir á revolcarse en el estercolero. Era el gallo tan alegre como todos los de su especie, y así se pasaba ij la vida cantando desde que el lucero de la mañana vislumbrábase en el firmamento hasta que caían. sobre el corral las primeras sombras de la noche. Y le molestaba oír los constantes gruñidos del cerdo. M ¡Siempre se estaba quejando el muy rnarrano... Cuando salía para marchar al campo con la piara; cuando volvía á recogerse; cuando estaba en su pocilga; cuando le. entraban la abundantísima comida; cuando á su placer revolcábase en el estiércol... ¡Siempre estaba gruñendo! -Pero hombre- -le dijo por fin el gallo, perdida la paciencia. ¿Kunca acabarás de quejarte... ¿No comprendes que á todos nos molestas? -También tú me molestas con tu impertinente quiquiriquí, y no te di nada contestó el cerdo entre los naturales gruñidos. ¡Demasiado me dices, pues también refunfuñas al oírme... Por s puesto, que no haces más que seguir tu maldita costumbre... Porque na te parece bien, á todo tienes que gruñir... ¡Eres un cerdo... ¿Bs que no est contento? ¡y cómo he de estarlo! ¿Crees que no conozco mí suerte? ¿Te íigui que ignoro el fin qué me espera? Ya sé que todos los cuidados que se i V prodigan, que el regalo con que se me trata y las atenciones que del at recibo, no tienen más objeto que hacerme engordar para matarme lueg ¿Y quieres que esté contento? -Bien veo- -repuso el gallo, después de lanzar al viento su armonic voz, -bien veo que te mereces el nombre que llevas... ¡Eres un anim 1: -vjsr Mejor dicho, ¡eres un cochino... ¿Pero no sabes que á todos nosotros r ha de pasar lo mismo que á ti? ¿Es que mis compañeros, mis amigos y mismo, no estamos aquí esperando el momento en qué al amo se le ante- cortarnos el pescuezo para regalarse con nuestro cuerpo... Ese es nuest destino, y por eso no nos entristece. Y mientras llega la hora, justo es cantar, cantar siempre; no sólo para vivir con alegría, sino para no entristecer á los demás, que no tienen la culpa de lo que nos pasa, y que también han de largarse e este mundo ¿uando menos lo piensen. ¡Quiquiriquí... INIoraleja: puesto que todos hemos de morir, bueno será, amigos míos, que vivaraos alegres. Entre otras j, azones, para no molestar al prójimo con el desagradable espectáculo de nuestra tristeza... A. PALOMERO I H DIBUJOS D: Í REGIDOR