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il I A dad terrible. ¿Has sido capaz de hacer Í? para que enferme tu marido... -No... -murmuró ella. -Nada hice... Pero no se alegre usted, no se alegre... Sí es p e o r l o que pasa... ¿Peor... Estás trastornada con el sentimiento, hija mía... ¿Peor que eso... ¿Es que le cuidas mal, que no te dedicas á asistirle como es t u deber? -I, e cuido noche y día... ¿No ve usted mis ojos, no ve usted mi cara? En efecto pude observar que se encontraba demacradísima, con todo el aspecto de una persona que ni descansa ni duerme y que consagra su tiempo á una tarea penosa. -Entonces, ¿qué te sucede? Vamos á ver si sigue haciendo de las suyas la picara imaginación. ¡Ah! No, no es la imaginación... Eso creí yo al principio, y repetía: I,o cura, fantasía, no es verdad, yo no siento así... Un día tras otro no he tenido más remedio que ver claro; ninguna duda puede caberme... Oiga usted bien- -añadió temblando, ¡El caso horroroso es que yo... yo descola muerte de Luis! ¡Delirio! ¡Realidad! La deseo con todas mis fuerzas... con todo mi corazón... á cada momento... Cuando le sirvo las pociones; cuando le enjugo el sudor; cuando le acaricio; cuando le sonrío para decirle que está mejor, que tiene mejor cara... la idea dentro de mí se alza, crece, me domina. Al morir Luis, mueren mis ceío. s, muere mi tortura, se afirma mi seguridad de que no me hará traición... iVIío sólo su recuerdo, mías sus cenizas, mío su retrato... Un culto ardiente, pero dulce, tranquilo, 4 Jsu memoria... La víbora que he llevado enroscada desde los primeros días de nuestro casamiento, cesarái- d morderme... Y cuando viene el médico del cuerpo, al preguntarle con una ansiedad que él interpreta de otro modo, ¿hay esperanza... el torpe no sabe comprender con qué estremecimiento interior de gozo le veo mover la cabeza de un modo fatídico... Aquí está mi alma al desnudo... ¡Tengo horror de. mirarla... Y Artemisa sollozaba, se arrastraba por el suelo á mis pies... No sé qué le dije; agoté los consuelos, las reprimendas, toda mi elocuencia de amigo y de sacerdote... Fué inútil, porque ella, ó no podía ó n c q u e r í a arrepentirse, y si estuviésemos en el tribunal donde la misericordia del cielo baja á la tierra, yo no podría extenderlos dedos para absolverla con palabras de perdón... PIuí de la casa y de la mujer en cuyo espíritu había penetrado Belíal, el demonio de la pasión egoísta... Antes de salir la dije: -Tú no amas á ese hombre, tú no le has amado nunca, t ú no sabes lo que es amor. ¡Ojalá... La interjección sonó como un gemido del infierno... Poco tardé en saber la muerte de Luis. ¿Qué fué de Artemisa... No quise verla. Se ausentó de Madrid, se encerró en una fmca que poseía allá en tierras de Levante, y dicen que llevó vida ejemplar, retirada y caritativa. Hizo trasladar allí los restos de su marido... ¡Dios hava perdonado á la infeliz! EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDEZ BRJNÍIA