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í- I I iW. ít marido, que era artista pintor y á quien nombraré Luis. Me parecieron enamorados y hasta extremosos en las recíprocas finezas, por lo cual- -lo declaro paladinamente- -temí por su porvenir, pues lie notado, y es una de las observaciones que determinaron mi vocación al estado religioso, que donde entra el amor salen por otra puerta la paz y la escasa dicha que nos está permitido disfrutar en este mundo. Como lie tenido allá antaño mis aficiones á leer versos, y hasta á componerlos, recuerdo lo que dice un poeta desconocido, Luis de Vivero, del traje que gastan los enamorados: Un jubón sin alegría, un sayo de desear y una capa de pesar que me traigo cada día. En efecto, me había parecido notar en la cara de Artemisa, á pesar de todas las vehemencias y derretimientos que caracterizaban su estado, cierta ansiedad, cierto falso regocijo nervioso, una inquietud, que no respondían á la idea de un contento sereno y sin nubes. Como pocos días después me invitase Artemisa á tomar, por la tarde, chocolate y un poco de almíbar, y estuviésemos solos, me contó su pena: eran celos, celos sin objeto, porque Luis no hacía nada que á celos diese motivo... C r e o que por lo mismo sufro más- -añadió la esposa. -Si tuviese celos de algo determinado, me curaría ó me moriría ó le mataría á él... Perdone usted, padre, no sé lo que digo... No estoy en el confesonario... -Allí no te permitiría hablar de ese mo do; tendrías que ofrecer enmienda de tales propósitos si eran verdaderos y no una afectación involuntaria de tu espíritu, como sucede á veces- -respondí gravemente. ¡Qué más quisiera yo que arrepentirme de esto! -murmuró Artemisa. -Si es como una maldición, padre. A sospechar que el amor, el más lícito, el más natural, tiene este contrapeso... creo que me hago monja. Lucho y padezco lo que usted no se imagina para vencer la locura y disfrutar el bien de amor sin miedo á que me lo roben, pero no lo consigo. Y por temor a hacerme odiosa, por no parecer ridicula y antipática asegurando así la pérdida que temo disimulo, me violento, escondo mi alma á Luis... ¿Le parece á usted poca amargura? ¿No poder ser franca, no poder decir la verdad á quien más se quiere. ¡Mi alma está cerrada para su propio dueño! ¡Nuestras almas no se confunden la una con la otra! -El alma no encuentra nunca su reposo en el amor humano... -respondí á la queja de la desgraciada mujer, cuyo rostro expresaba bien la sinceridad de su desesperada querella. Pasaron dos años sin que volviese Artemisa á hacerme confidencias, hasta que un día, por un párrafo de periódico supe que se encontraba delicado de salud su esposo Luis. Me di prisa á visitarles. La, primera vez sólo hablé con Artemisa breves momentos, lo suficiente para saber que, en efecto, era cosa seria la enfermedad del joven artista. La segunda el pintor dormía un sueño de modorra, y Artemisa me llevó á una habitación retirada, creo que su propio tocador, y allí, deshecha en lágrimas, retorciéndose las manos, me enteró del caso psicológico... Confieso que al pronto una idea atroz cruzó por mi mente.