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W: s I JHI I m r i- -V I a corredera le reprendió por estas ciencias que- distraían al sabio, con loscabo de cierto profundo, erudito j u i. u j. ii4. í. iLi motaba elaborando con destino á una S; i d é l a s mejores Academias. Mas el atolondrado abejaruco manifestó que la existencia de asirlos, egipcios y caldeos no es cosa probada, y que así, el susodicho informe sería una calamidad; que él se permitía aquellas inocentes locuras con los sabios porque estaba bajo el seguro de su color, pues por ser rubio traía la buena dicha. Quedaron tan amigos. El travieso volandero iba las más de las noches á charlar con su amiga de las cosas de la ciudad y del campo. ¡El campo! Allí viera ella cosas bonitas y grandes que no se acaban de contar. Y refería aventuras, peligros, encantos, sueños de color y grandezas de fuego... cosas bellas y cosas terribles. Una vez la propuso como ensayo una excursión por el vecino jardín. No era propiam ente el campo, mas para tener una idea... I, a tímida corredera no se decidía. Nacida y criada en el docto jardín de la sabiduría oriental, entre frondosos documentos y enarenadas cuartillas, temía los riesgos de aquel otro jardín en que hay topos y ratas y lirones, y unos pájaros con dientes y alas de piel, espantosos y voraces. Cierto día, de madrugada, el sabio trabajaba con pasmosa lucidez. En cierto paraje cercano á la Sierra de Gredos había aparecido una interesante pedrezuela que tenía grabados unos signos de los grandiosos ritos orientales, la palmera fructífera y florecida, ios gavilanes sagrados y el escarabajo solar. -De modo- -decía el sabio- -que, efectivamente, como yo h e sostenido, entre Castilla y León, partiendo la Extremadura, pasó la línea libia... De modo que el collarín de Plasencia y el esmalte de Coria nada tienen que ver con Almanzor y su reverenda casta... La corredera, atraída por aquel tema del monólogo, subió á la mesa, ávida de aprender; discurrió por los papeles y fué á esconderse debajo del tintero en el momento en que una mano gigantesca, blandiendo un terrible lanzón, se dirigía al mismo estanque. ¡De modo que usted, señora mía, también quiere intervenir en estos misterios del lejano Oriente... Y la inflexible mano orientalista cogió á la curiosilla corredera con dos dedos, la arrojó por la ventana y continuó escribiendo. Pasaba por la calle un carro de la limpieza urbana, porque ya amanecía, y en él cayó la expulsada, aturdida por el impensado voletío. Acurrucóse donde pudo, y se dejó conducir. Ya el padre sol asomaba una hosca ceja de fuego, cuando volcaron el carro en el muladar. La corredera huyó con nuevo y mayor aturdimiento, y mientras subía y bajaba por montes de basura, iba diciendo: Este es el campo, sin duda. Pero n o veo las cosas bonitas que decía mi amigo. Al cabo, en un ribazo que no podía ser de ámbar, halló u n a tribu de valientes escarabajos m u y atareados y embravecidos. Dióse á conocer como pariente, pues entre los blátidos y los escarabídeos existen remotos vínculos de consanguinidad. Aquellos cerriles obreros no la trataron mal, aguardando para proveer la llegada del jefe, famoso bandolero que los tenía á todos en servidumbre y pensión. Llegó el personaje: era monstruoso. Fiado en su braveza, en su tamaño, en su férreo caparazón, en la gran sierra del hocico y en las púas, ganchos, puñaletes y garfios que tenía en sus patas, era temible y osado como el que más. Volaba de u n modo atroz, y t a n sin tino que chocaba como una saeta loca con el árbol, la pared, el tejado ó la torre, sin que tales castañetazos le hiciesen otro efecto aue el de aumentar su corajudo impulso.