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V- P 1, 4 k íi- I LA VISITA STÁBAMOS en. el Casino de San Sebastián mi amigo Fernando, su prometida y yo; cerca se hallaba la familia de la futura de mi amigo. Yo me hallaba satisfecho viendo pintada en el rostro de Fernando la honda alegría que experimentaba por hallarse al lado de Josefina; me une á Fernando una larga, cordial, hondísima amistad. Nos hallábamos charlando un momento de cosas ligeras; yo estaba de pie; ellos dos estaban sentados; mi propósito al acercarme á ellos era saludarles y dej arles bien pronto solos; habíamos convenido en que aquella tarde Fernando me presentaría á su amada. Y bien; después ueía presentación, cambiadas algunas frases más, yo dije de pronto dirigiéndome á la prometida de Fernando: -Perdóneme usted; pero yo ya sabía que era usted la novia de mi amigo. Fernando se quedó un instante perplejo y luego preguntó: ¿Cómo es que lo sabías? Yo no te he dicho su nombre en mis cartas ni te he hecho ningún retrato de ella. Yo entonces repliqué: -Es verdad; tú desde el primer momento me has hablado de tu pasión; me has contado menudamente la marcha de tu amor; no me has dicho el nombre de tu amada; no has encarecido su belleza, su elegancia y su distinción sino en términos generales, sin entrar en detalles concretos. En tu última carta me decías: Mi novia va mañana á San Sebastián; yo no puedo ir hasta dentro de ocho días; entonces la verás y te la presentaré. Yo me detuve en una breve pausa al llegar aquí; luego proseguí sonriendo: -Y sin embargo, querido Fernando, no ha sido preciso que tú vinieras para que yo conociese á tu novia. Tres ó cuatro días después del día en que debía llegar tu novia, estaba yo una noche aquí en el Casino, como estamos ahora; era una noche de numerosa concurrencia; había aquí mil muchachas bonitas y elegantes. Yo las observaba á todas tratando de descubrir cuál de ellas sería tu novia. De repente vi venir á lo lejos, entre la concurrencia, una muchacha esbelta, de unas líneas puras, armoniosas; vestía sobriamente, con esa elegancia matizada de severidad que es tan rara de hallar... En. este punto, hice otra pausa; la novia de mi amigo me miraba un poco inquieta. Perdóneme usted- -dije dirigiéndome á ella; -perdone usted que haga su elogio ante usted; estoy relatando un episodio histórico; la imparcialidad y fidelidad de historiador me obligan á ello. Decía que vi avanzar á una joven esbelta y elegante; la manera de andar de esta muchacha era algo de un ritmo, de un desenfado, de una soltura y de una euritmia admirables. Todos sus movimientos tenían una gracia exquisita; era algo que se apartaba de todo, que estaba en un plano superior, distinto á todo lo demás. Al ver yo á esta muchacha me quedé absorto, pensativo. ¿No podía ser ésta la novia de mi amigo Fernando? I, a desconocida avanzaba en su paseo y llegó cerca de un grupo de conocidos suyos; entonces al verlos, al saludar, tuvo una sonrisa maravillosa, una sonrisa suprema, una sonrisa divina. No cabe duda- -me dije para mí- -ésta es la novia de Fernando, ha sonrisa de esta desconocida acababa de asegurarlo. -Es verdad- -dijo Fernando- -la sonrisa de Josefina es lo que, ante todo, me ha llevado á mí hacia ella con una atracción irresistible. -Te conozco bien; somos amigos desde la niñez- -repliqué yo- -y ante esta joven desconocida que entraba en la terraza, yo, de pronto, supe y pude decir que era tu prometida. AZORIN DIBUJO DE ESPI E