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Dos noches más tarde, á eso de la una de la madrugada, varios grupos de hombres embozados se acercaron á la fábrica por distintos senderos; cierta angustia se advertía en las caras de algunos, menos crueles, menos exasperados que sus compañeros de fatigas. Transcurrió una media hora, y de repente, roja llamarada alzóse en la obscuridad, y tras una, otra y otra, y á poco las voces de ¡fuego, fuego! pusieron en conmoción á los habitantes dellugar, que en trajes más ó menos pintorescos, con los ojos cargados de sueño, se echaron á la calle, organizándose un servicio de incendios bastante primitivo, lo cual dificultaba no poco la extinción del voraz elemento. Mariano parecía sujeto por poderoso imán junto á aquel edificio que sus manos criminales estaban destruyendo ¡y un gesto de horror y repugnancia se dibujó en sus labios de hombre honrado hasta aquella hora, cuando el Sanguinario le felicitó en, voz baja llamándole valiente y. bienhechor de la humanidad doliente. Muchos obreros, arrepentidos de lo hecho, ayudaban á apagar el incendio; las mujeres discutían azoradas sobre la causa que pudo motivarlo, cuando un grito de espanto heló la sangre de los espectadores todos y dejó como petrificado á Mariano. Miraron y vieron á la mujer del director que, presa de horrible dolor, señalaba con desesperación una de las ventanas de la fábrica, por la que se percibía la figura de su marido, el cual, resistiendo á las objeciones que se le hicieron, se empeñó en quedarse para salvar los papeles, y que rodeado de imponentes llamaradas, no podía avanzar ni salir de aquel infierno que se disponía á tragarle. Mariano pareció salir de su letargo; hizo un movimiento, y exclamando sordamente: He sido un miserable echó á correr, y tembloroso aún de la reacción operada en su alma, acercóse á aquella mujer, cuya pena le torturaba, y la dijo: Yo le salvaré. Antes de que nadie, pudiera oponerse, trepó con la agilidad de un gato y desapareció entre las llamas. Cuerdas y escalas se tendieron hacia ellos; ansiedad indecible pintóse en todos los rostros, y sin saber cómo, Regina, la hermanita del obrero, y María Elena, la mujer del director, cayeron juntas de rodillas invocando la misericordia de Dios. Abrióse de nuevo la ventana y apareció Mariano llevando sobre sus hombros el cuerpo medio inanimado deljefe; lo ató fuertemente á la cuerda izada, dejándola escurrir con suavidad, siendo recogido por varios obreros que habían extendido unas mantas en el aire, y cuando Mariano se disponía á repetir consigo mismo idéntica operación, un crujido formidable se oyó en el espacio, y el desdichado obrero ca 3 ó envuelto entre los escombros. El incendio habíase dominado y la muerte se cernía sobre la fábrica: un penoso y activo trabajo se consi guió sacar á Mariano de su calcinada sepultura; mas apenas si respiraba, y allí donde co nietió el crimen á que le condujera su loca pasión, agonizabapresa de espantosos dolores, y junto á él lloraba Regina y se inclinaba piadosa María Elena, mientras el joven director sostenía la cabeza de su salvador prodigándole frases de cariñoso consuelo. La escena era por demás imponente: el sacerdote acababa de bendecir al moribundo; la multitud silenciosa en derredor; la, luria reflejaba su luz blanquecina sobre la fábrica en ruinas... -Mariano- -dijo la voz dulce de María Elena, -pida lo que quiera; es usted el salvador de m i marido, y nunca, nunca podreinos olvidarlo. Mariano alzó dificultosamente una mano, poniéndola sobre la cabeza rizosa de Regina. -Será como una hermana para nosotros... -murmuro el director- -Ee salvé- -dijo el obrero anhelosamente- -porque ella lo había pe dido... A usted, ¡le odiaba... ¡Era su marido! ¡Perdón El director reculó bruscamente; las miradas de ambos esposos se- Í cruzaron; en la de María Elena resplandecía tal compasión y miser ricordia hacia el culpable, que su marido sintió apaciguarse el movimiento de cólera provocado por la confesión del obrero, y en un arranque de generosa nobleza, apretó las manos del desdichado moribundo en señal del perdón solicitado y concedido. Algo así como un destello de alegría y serenidad brilló en la mirada apagada de Mariano, y mientras la rnuerte consuriaaba su obra, Tilaría Elena y su marido, enlazados y teniendo á su lado á la pobrecita niña; que quedaba sin amparo, se postraron en tierra, destacándose sus figuras entre los últimos fulgores del incendió que tan caro había costado. ¡Era aquel grupo una protesta del; álma honrada, sea rica, sea pobre, contra la barbarie y el crimen, engendrados por el odio y el rencoriy avivados por las pasiones mal reprimidas! MARÍA DE ECHARRl DIBUJOS DE MUErtTAfl