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unión claudestina y fuera á d a r con sus huesos en la cárcel, y el gozo de ver cómo se iba llenando el cajón con las perras gordas y chicas de los consumidores, que bebían tanto ó más que hablaban. Entre el grupo se veía un muchacho, guapo mozo, de mirada franca, aunque cruzada en aquellos instantes por mal reprimida cólera. Huérfano desde muy niño, no tenía en. el mundo más cariño que el de su hermana, más pequeña que él- -algunos años, siendo Mariano el am) paro y sostén de la chiquilla rubia f; I que alegraba el hogar solitario. -f Hacía sólo dos años de la instalación de la fábrica de tejidos que tal revolución causó en la comarca, por ser la primera que allí se veía establecida; como los del pueblo no eran muy diestros, llamóse para los comienzos de su marcha á obreros de la ciudad, y éstos se mezclaron con los sencillos aldeanos, trayendo de la yilla todos sus odios, que jamás habían sentido los moradores de aquel rincón apacible y olvidado. Mariano, listo y trabajador, aprendió de prisa el manejo de las máquinas y fué recibido en la fábrica. El director de ésta, hijo del propietario de ella, hombre joven, de inteligencia clara y voluntad de roble, no tardó en granjearse las simpatías de la mayoría de sus obreros. Hallábase cierta tarde Mariano en una de las salas de la fábrica, cuando sintió pp os que le parecieron de mujer; hasta entonces no había hecho sino entrever rápidamente á la mujer del director, que al decir de sus camaradas, era tan bonita como buena; sintió, pues, curiosidad por verla y avanzó h a c i a l a puerta quedando como clavado en su sitio, y él, tan hurón que jamás tenía para las mozas del lugar el más ligero galanteo, enrojeció intensamente, y quitándose la gorra la dejó caer á sus pies mientras saludaba presa de extraordinaria emoción que surgió de su alma, virgen de toda pasión hasta entonces. No recordaba después sino que vio venir hacia él una niña de veinte años, cuya figura fué para el obrero la personificación de la belleza y de la finura, y cuya voz sonaba en sus oídos cual deliciosa música, balbuciendo él una respuesta sin acertar á sacudir el atontamiento que se apoderara de su ser vehemente y apasionado, y que al marcharse ella se encontró muy solo y le pareció que el mundo entero había variado para él, y de día en día sintió crecer en su pecho un amor imposible y una antipatía tenaz y profunda hacia el joven director, poseedor legítimo de los encantos de aquella mujer. Asi las cosas, llegó un invierno muy malo para la industria, y por mucho que se resistió el director, angustiado al pensar en sus pobres obreros, sonó la hora en que, mal de su grado, hubo de cerrar la fábrica hasta que volviesen tiempos mejores. Es una crisis momentánea -explicó á los trabajadores aterrados, -esto pasará; mientras tanto, haré los imposibles por mejorar vuestra situación... y y a me conocéis para saber que lo digo y me ofrezco de veras. Y su timbre enérgico se hacía dulce cual si tratase de consolar á su gente, que quedaba sin jornal, y su mirada cariñosa parecía pedirles perdón por un abandono del que era inocente... Un silencio de muerte le replicó; los obreros pensaban con horror en la miseria que se avecinaba, y muchos fueron desfilando, y la fábrica quedó muy sola, muy triste, á semejanza de fortaleza desmantelada, por la cual se paseaba taciturno el director, que no cesaba de buscar medios de solucionar el coiiflicto. jf Cundía el descontento, avivado por los discursos del jefe de la partida, apodado el Sanguinario, á causa de sus tendencias extrarrevolucionarias y de su oratoria realmente terrorífica. En la noche de que hablamos la discusión era animada, y los más siniestros planes se desarrollaban en aquella tabernucha donde el aire se viciaba apenas se abría paso por algunos de los resquicios de la puerta; el Sanguinario, dando un puñetazo sobre la mesa, exclamó: -Hay que vengarse... Nos matan de hambre, ¡pues ojo por ojo y diente por diente! Que venga sobre ellos la ruina y la miseria... ¿Quién se atreve á prender fuego a l a fábrica? Tú, Mariano, ¿serías capaz de ello? Este se estremeció, la fábrica era también de ella- -ella vivía allí... ¿Qué, dudas de hacerlo? ¡Cobarde! -rugió irónicamente el Sanguinario. U n a oleada de sangre. cubrió el rostro de Mariano, y con acento iracundo replicó: -Ni soy cobarde ni dejo que nadie me lo llame... ¿Qué hay que hacer? ¡Estoy dispuesto! Agrupáronse junto al- feroz obrero los restantes, y una hora después salían de la taberna, cuyo dueño se entretenía en contar las monedas apiñadas en los cajones, mientras en la fábrica dormían tranquilos los j ó venes esposos que tanto se preocupaban de sus- subordinados.