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ét V SíT Í WWtgM E L A M l GG M A R l y T MIGO mar, ¡por fin te lias quedado libre... Viste aquella rauchedumbre de seres encanijados, enferw J mos, cloróticos, que acudió por el verano á hundirse en tus olas? Se marcliaron todos. ¿Viste aquella j- mucliedunibre de seres vanos, ataviados con las últimas tonterías de la moda? También se han ido. Y quedas otra vez solo, ¡oh! inmenso y magnífico mar, solo con tus vientos, tus olas, tus tempestades. Cayeron sobre ti como en un Jordán purificador. Traían el calor y el sudor de la llanura, el tedio de las grandes ciudades, la corteza recalcitrante de un pueblo que se lava muy someramente: á ti acudieron, á tus pulcras aguas, buscando la limpieza y la salud, y t ú has raspado sus cuerpos y tonificado su sangre con una piedad paternal. Ellos se van á proseguir su vida llena de máculas, y tú te quedas solo, grande y magnífico, libre de aquella multitud vocinglera y raquítica. Se han ido ya los políticos, aquellos que nos trajeron sus chismografías cortesanas y nos amargaron los días estivales con sus revelaciones que á nadie importaban; se han ido los jovenzuelos elegantes, las damitas, los toreros, toda la multitud frivola y burbujeante. Todo lo que era vanidad, relumbrón, ruido hueco, toáo se ha ido. Y más grande, más sublime que nunca, tú te has quedado libre y solo, espléndido mar Cantábrico. Un cuanto sonaron los primeros vientos del otoño, aquella muchedumbre ligera se escapó; no era digna de vivir dentro de los vendavales del equinoccio. Aquella muchedumbre necesitaba del sol caliente y de labrisa suave, como las débiles plantas de invernadero. En cambio, á ti te gustan, amigo mar, esos otros días plagados de nubarrones, en que el viento muge espantosamente y en que las montañas parecen avanzar hacia, ti como negros y graves monstruos. Me pareces ahora más joven, más pujante, más movido, estimulado por los fuertes vientos equinocciales. Te he visto más hinchado, más espumoso, con olas más grandes; una alegría salvaje y robusta parece conr moverte en las mismas entrañas. ¡Ya eres libre otra vez! Ya no tienes que halagar ni limpiar ni raspar cuerpos débiles y frivolos y canijos; las playas te pertenecen en absoluto; eres rey de los acantilados, señor de los horizontes. Y en lugar de mecer delicadamente unos barquitos nimios y unas balandras quebradizas, ahora llevas en tu lomo grandes y fuertes barcos, negros vapores que humean, navios dignos de ti, valerosos navios en cuyas bordas puedes estrellar t u s olas con holgura, sin temor de que se resquebrajen. Y en vez de llevar damitas temerosas y caballeros ociosos, llevas ahora hombres curtidos, mercaderías, barras de hierro y bloques de carbón. Vuelves á ser el mar recio y masculino del invierno; ahora es cuando te reconozco y te amo, viejo amigo mío. A la luz del sol otoñal te veo extenderte hasta el horizonte brumoso; j u n t o á la costa rompes tus olas en las peñas y las deshaces en montes de espuma; juegas con las ancianas rocas, las cubres y las haces temblar, y gruñes como u n animal inmenso que se divierte. Y cuando el viento aglomera las obscuras nubes, cuando el viento llega rugiendo y silbando, tú desdoblas las olas y las lanzas á todo escape, parecidas á escuadrones impetuosos... Viejo mar, amigo mío, te has quedado solo. Ahora es cuando te amo y admiro más, cubierto de espuma, ornado de nubes y tempestades, ceñido por un cinturón de montañas. Te amo y admiro, á ti, que eres ejemplo de fortaleza y de cosa indomable, la cosa más amarga é indomable y profunda que hay en la ereación- -después de la mujer. J. M. a SALAVERRIA DIBUJO DE R. YEKDUGO LANDl