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cuando. Lo encargo mucho. En los vidrios sucios está el germen de mil enfermedades, os lo advierto... Y Goros, que ya era don Gregorio, escrito este párrafo, probó un bienestar íntimo y dulce, figurándose cómo estaría la vetusta mansión, antes tan miserable y hoy asombro de la aldea, pintada, encalada, con ventanas espejeantes al sol, y un huerto- jardín, cultivado por jornaleros, sin que el achacoso padre tuviese que encorvarse para destripar terrones... Cuando tales imágenes asaltan la mente, engendran tentación irresistible de ir á contrastarlas con la realidad. Cada vez más fáciles y cortos los viajes, puestos en marcha los asuntos, don Gregorio decidió present a r s e e n s u 2 X 6. d. sorpresa- -es el programa seguro de todo indiano. -Y así pensado, asi hecho. Desembarcó en Marineda, donde nadie le conocía; alquiló el primer coche que vio enganchado al pie del muelle, A- Í f, J kB V i 4 M 1 5 I- -r- n t i l 111 vil 1. li I I I I 1.1 Il I 11 i. I I se sentiría completamente dichoso. Pen sfii saba, más que en la familia, en la casa, el domicilio... ¡Qué emoción encontrar viva, remozada, á la caduca, la triste mansión! Y ofrecía propina al cochero para que volase. Al avistar el sitio soñado, dudó de sus ojos... Porque la fe tiene esta rara virtud: creemos que es lo que debía ser, y descreemos de la evidencia... Allí estaba la casa, allí, pero idéntica á como don Gregorio la había dejado al marchar: el mismo montón de estiércol á la puerta, el mismo charco infecto que las lluvias habían saturado del hediondo puré del estercolero, iguales carcomidas puertas despintadas, igual fachada de tierra y pizarra donde las parietarias crecían... ¿Es esto posible, santo Dios? Se precipitó adentro como una bomba... En vez de abrazar, pidió cuentas. El padre, tembloroso, casi se arrodillaba ante aquel señor adinerado, que era su hijo. ¡Válganos San Amaro... Goros... mi alma... fué una cosa así... no fué con mal pensar... Mercamos tierras, santo bendito, con los santos cuartos que mandaste... Ea casa, buena está para nosotros; así Dios nos dé casa en el cielo... -Y puedes subir- -añadió triunfalmente la madre, -y has de ver que mudamos el vidrio á la ventana, como disponías... Don Gregorio se lanzó á su tabuco, la mísera habitación donde aleteaban los sueños de la niñez. Era cierto: en el sitio del vidrio roto habían colocado uno nuevo, verdoso, manchado de masilla. No supo don Gregorio lo que le pasaba, qué conmoción sentía. ¡El vidrio aquel! Tanto como lo había mirado al despertarse, guiñando los ojos al sol que en él reía, á pesar de las impurezas, de las inmundicias, de que no se acordaba ya! Por aquel vidrio roto le entraban el fresco y el olor del campo, y hasta las moscas eran de oro sobre él, y hasta sus aristas fulguraban á veces... Y volviéndose tristemente á su madre, murmuró: ¡Vaya por Dios! ¡Quitar el vidrio... Y en la aldea de Santa M o r n a n o saben por qué el indiano se fué tan cabizbajo y tan cariacontecido, cuando su madre, según ella repite, le había complacido casi en todo. EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA