Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
domingos, con el ardor de la vocación que se revela, á barrer, asear, desarañar y dejarlo todo como un espejo. Los vecinos se burlaban, su madre le puso un apodo... y él barría, redoblando su actividad, y sintiéndose en un mundo aparte, superior, lejos de su gente, dentro de una existencia más noble y refinada, que no conocía, pero presentía con u n a especie de intuición, y de la cual sólo un tipo se había presí: ntado ante sus ojos: el Pazo del señor, con sus anchos salones mudos y graves, y sus ventanas de colores claros. Justamente Goros sufría un diario tormento al ver en la ventanuca del tabuco, donde dormían hacinados él y otros cuatro hermanitos, un vidrio roto, del que apenas quedaban picos polvorientos adheridos al marco, y que se defendía por medio de un papel aceitoso pegado con engrudo. ¡Si Goros hubiese tenido dinero... Cada mañana, al despertarse, la vista clel vil remiendo en el cristal le producía la misina impresión de rabia. No lo decía, ¿para qué? Su padre le hubiese contestado que así estaban los vidrios de la parroquial; su madre, m. ás viva de genio, le hubiese soltado un pescozón... y en cuanto á los chiquillos, le mirarían atónitos: retozaban tan I 1 ni- t 11 I I t! í. r l 1 I I i 1 1 1 a) 6... Vsrr í- 1 I I I 1 lii 1. r- 1 III 1.1 i l i I I I I 1. I u i 11 1 l l I 1 7 1 i i i l i I 1 América del Sur. Empezaba á realizar su mundo propio, huyendo de aquel mundo inmundo- -claro es que á él no se le hubiese ocurrido el juego de palabras- -en que el destino le había confinado. Y es el caso que, al perder de vista la costa, al divisar á lo lejos como un ligero centelleo rojo que se extinguía el relumbrar de las acristaladas galerías marinedinas, sintió una pena rápida, sorda, una punzada en el corazón, que era amor hacia lo que clejalaa, detestándolo. ¡Anomalía de nuestro ser, espuma del mar de contradicciones en que nadamos! El sentimiento de cariño de lo dejado atrás fué acentuándose con el tiempo. Goros, después de privaciones crueles y trabajos de bestia, empezaba á salir á flote. Así que sentó el pie en terreno firme, medró aprisa. Su inteligencia comercial, su olfato del confort moderno le adquirieron la estimación de sus patronos; asociado al negocio, le imprimió vuelo sorprendente; la riqueza, sólo deseada para satisfacer ciertos pujos artísticos de goce en el arte ajeno- -porque artista creador no lo sería nunca, -acudió á sus manos; ¡á las del artista sería más difícil que acudiese... Y Goros, una mañana, se despertó en camino de millonario, viendo el porvenir al través de lunas anchas, transparentes, sin una mota de polvo... Más que nunca se acordó de la vieja casa de los Águillanes, del feo vidrio roto y tapado con papel churretoso, que el aire hacía bambolear y las moscas nublaban con nube rebullente y zumbadora... Ya había girado distintas veces regulares cantidades para librar de quintas al hermano, para la grave enfermedad de la madre, para la boda de la hermanita, que se estableció poniendo en Areal una tienda. Era un gotear continuo; cada correo traía una súplica plañidera, dolorosa, un ¡ay! de la estrechez. Ahora consideró Goros que estaba en el caso de adelantarse, sin esperar á que le rogasen humildemente. Y giró rumboso un bonito pico: 6.000 pesos oro, para que fuese sin tardanza reparada, restaurada, amueblada y arreglada decorosamente la casa patrimonial. Que pongan en las ventanas vidrios bien fuertes, bien hermosos; que muden aquel roto, y que la criada, porque es preciso que mi m adre tenga una criada para su servicio, los lave de vez en