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muerte se le viniera encima? ¿Es que le asustaba la muerte? Quizá no; pero cierto que le acongojaba dejar la vida. Podría ser muy buena la futura, pero él se contentaba modestamente con la terrenal. ¡Incauto viejo engañado por su misma fortuna! ¡Con qué compasión, no libre de soberbia, contemplaba á aquel otro anciano, su vecino, á quien encontraba todos los días, puesto al sol como para secarse pi onto, en el poyo de la plaza! El buen hombre había dejado correr su vida tal como Dios quiso dársela y sin pedirle que alterara para él la ley de la Naturaleza. Fué joven y aprovechó su juventud; fué gallardo y aprovechó su gallardía; fué rico y aprovechó su riqueza, y gozó de ella y con ella tan demasiadamente, que la consumió antes de consumir su gallardía y su juventud. Ahora vivía en la pobreza y con el amargor que deja el bienestar perdido. Mas ¿para qué querría ni le serviría la pasada opulencia? ¿Para comer golosamente? No; el eístómago deshecho no le consentía harturas ni casi alimentación, ni el paladar enmohecido le permitía el saboreo. L, a dieta era un bien forzoso. H a s t a sus míseras sopas le hacían daño. Sus ojos, medio cegados, no distinguían ya lo feo de lo hermoso ni las mujeres mozas de las viejas. Todo eran bultos informes sin color determinado. Eas manos carecían de tacto, las piernas estaban trabadas por el reúma como por pesados grilletes. La edad, vencedora de las vidas, vencedora que paga sus victorias muriendo con su vencido; la edad cruel que maltrata á los que parece acariciar con su abrazo; la edad deseada que responde á nuestros deseos con sus injurias, había hecho sus estragos ea la carne y en el espíritu deL desdichado. Agobiábanle dolencias del cuerpo y dolencias del alma, melancolía perpetua y tedio constante, un dolor nuevo cada día, u n mal sueño cada noche, un disgusto cada hora. Ruina propia, abandono y olvido de los ajenos. Todo adverso y sin esperanza de remediarlo. El tiempo consumó su obra inevitable, y ambos viejos acabaron de ser viejos. A Sr S. í ys Á m- Mudáronse á la región donde los añ. -se cuentan, porque son iguales, y ni ei. zan ni terminan: el instante eterno, d n i p V ante Dios, se le quejaron: el achacoso, du jez; el feliz, de la mala muerte que le había dado. -Debéis estar agradecidos antes que quejosos de mí. El uno, porque le otorgué lo que liie pidió; el otro, porque murió sin pesar. -Pero yo, Señor, he muerto desesperado. -Tú lo quisiste. Has visto llegar la muerte como un infortunio, mientras tu compañero la ha visto acercarse como, el fin de sus males. I,o s alegres mueren tristes; los tristes mueren, si no alegres, resignados, fís una compensación que mi justicia depara á los mortales. No tratéis de enmendar mis obras; las teng- o dispuestas sabiamente. E s error quejarse de las aflicciones de la vejez. Cuantas más padezcáis, más perderéis el cariño á la tierra y estaréis mejor preparados para dejarla. El arte de la vida consiste en vivirla bien y con felicidades en la juventud, y mal y con dolores en la caducidad. Quien habita cómodamente en un palacio, llora al abandonarlo; quien pena en un presidio, no se duele de salir de él. EUGENIO SELLES DIBUJOS DE mÉNOEZ BRINGA