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ñm i: i y! i J f tí I i v fa í DESDIGHAS PROVIDENGIALES UESTRO amigo- -que amigo va á ser durante diez minutos- -empezaba á encanecer. I os hilillos de plata iban desdorando el oro de su cabellera 3 de su barba. I o miraba con tristeza, porque sabía que con esos hilos se comienza á tejer la blanca mortaja del hombre. Y para el nuestro era muy triste despedirse de la vida, que él había pasado todo lo buenamente que se puede pasar en este desgobernado planeta. Poseía riqueza, salud y jovialidad, tres medias felicidades que, sumadas, componen felicidad y media. La salud hace gozar de la riqueza, y ambas mantienen la alegría en los ánimos menos propicios á ella. Con las canas nacen los achaques, y entonces sobra la riqueza, por inútil, y falta la alegría, porque los padecimientos y las desilusiones la ahuyentan. Ul hombre era regalón y goloso; pero ¿qué haría con las golosinas y regalos, no teniendo dientes para masticar ni estómago para digerir? Era dormilón, y dormía en cama blanda y lujosa; pero ¿qué haría para dormir cuando la gota le punzara en el lecho de plumas, convirtiéndolo en lecho de espinas? Era mundano; pero ¿qué placeres le daría la sociedad cuando la bilis del hígado enfermo le agriara el humor y pintase de amarilio las rosadas carnes de las mujeres? Afligido por estos presagios ciertos, el hombre se fué á su oratorio y, rodilla en tierra y brazos en cruz rezó, si es rezar el pedir mercedes y beneficios terrenales. -Señor, he sido siempre d e v o t o y en verdad era más devoto que creyente; concédeme por premio u n a vejez sana, cómoda, sin dolores en el cuerpo ni melancolías en el alma. Ya que la vejez sea inevitable, evítame a l o menos los niales que la acompañan. Si me lo concedes, te erigiré altares, los llenaré de flores y luces, tantas luces y flores como tú pongas en mi vida. Y cuando la acabe, moriré béndiciéndote y resignado, y más que resignado, contento con lo que dispongas de ella, ya la acortes, ya la alargues, según t u s altos designios y sabia voluntad. La de Dios le otorgó lo que pedía. El hombre fué viejo, pero no sintió ni padeció la vejez. Las canas cubrieron su cabeza. Pero más que pavesas de fuego apagado, eran como ceniza que resguarda y abriga el rescoldo del brasero. El viejo conservaba su apetito, gozaba de los placeres de la mesa, comía y bebía sin molestia del estómago, andaba sin cansancio, dormía sin interrupciones, respiraba sin ahogo. Su mirada era vivida, vividos sus pensamientos y sus esperanzas, como si tuviera por delante muchos años para cumplirlas. Viejo, por la partida de nacimiento; joven en la vida, por los sentidos corporales y las potencias espirituales. Añádanse á ello las comodidades de la riqueza, las ventajas de la posición social, y se verá al hombre satisfecho y enamorado de la existencia como de la amante que le acaricia y le recrea. ¿Por qué, pues, el viejo sano se cuidaba como uh enfermo, y consultaba diariamente con el médico, y se arropaba más de lo necesario, y medía y tasaba sus com. idas, siempre intranquilo y azorado, como si lá