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¿Qué quieres, Alástor? -preguntó al ver entrar al hércules. ¿Has pensado lo que te dije? ¿Estás dispuesto á ofrecerte esta noche? -Ya lo tengo pensado, Doriiida- -dijo él, -y estoy pronto á ofrecerme á las fieras, que ya son tantos mis celos que me encaminan al crimen... ¿A quién quisieras matar? ¿Acaso á Faón? -Sí, al que tú amas, á ese ser ridículo, enclenque, inútil. ¿Inútil dices? Ya es mucho el trabajo del hombre que substituye á mis padres, y el valor de Faón, de esa débil criatura que tú desprecias, raya por mí en locura. ¿Quién por conseguir mi amor y para probarme el suyo, nada más que por eso, expondría sereno y gustoso su vida todas las noches dentro de la jaula de los tigres y las hienas, como mi madre lo hizo, y como mi padre? ¿ISIo te acuerdas ya? Fué una firme promesa y la he cumplido. Yo amo á quien dé su vida por mí, y sin titubear me lo pruebe. Yo la daré también- -replicó Alástor. -Aguarda, aguarda hasta esta noche que vas ásubstituir dentro de la jaula á Faón y á ofrecerte á las fieras como deseas y me pides... Acaso... quién sabe... Pasaron las horas y llegó el tremendo instante. Para presenciar el trabajo de Dorinda llenóse un circo inmenso de una multitud que impaciente esperaba el momento sensacional. Apareció Alástor casi desnudo, mo. strando sus admirables bíceps. Se degolló el cordero, y con su sangre se emljadurnó el gigantesco cuerpo del hércules. Fas fieras rugían, revueltas, arremolinadas y clamando por gustar la sangre que cerca de ellas se derramaba. Tigres y hienas parecían tener gran apetito... Alástor palidecía, y, sin darse cuenta, separó su vista de la jaula, y su errabunda mirada alcanzó á ver la que, sonriente y apacible, le dirigía el insignificante Faón, que cerca le observaba sin perderle detalle. Se repuso, y con Dorinda, adelantóse, ya cubierto de despojos, hacia la jaula, que á su paso de gigante crujió tambaleándose. ¿Tienes miedo? -le preguntó todavía Dorinda al abrir la puerta de hierro. -Yo no sé lo que es eso- -y así diciendo, ya decidido y como quien va á una muerte cierta, entró dentro en gallarda flexión. A la voz de Dorinda retrocedieron los tigres, y las hienas bajaron sus cabezas encrespadas, cobardes y espantosas. Después se apagaron las luces de la sala, y casi en tinicb as se vio y sintió, al veloz compás de una orquesta, el espeluznante torbellino de las fieras que, frenéticas, corrían y saltaban en lajaula, al lado y por encima del ensangrentado hércules inmóvil. Dio fin aquel suplicio. Alástor estaba demudado y tembloroso. Dorinda le miraba compasiva, y antes de dejarle salir de la jaula, llamó todavía, cruel, al más hermoso tigre é hizo que lamiera los brazos al hércules. Alástor á sus caricias creyó perder el sentido... Mientras tanto, la loca multitud subyugada aplaudía á la domadora triunfante y al hércules. Al día siguiente muy de mañana, Dorinda la bella, dentro aún de su lecho de púrpura y oro, se enteraba del contenido de una f 1 Ni s- í I breve carta. Era. de Alástor, y decían así algunos de sus párrafos: Huiré cobarde, ahogando mi amor que no merece el tm o, y sí el de Faón, verdadero gigante de ternura... Y es lástima y da gran pena que h o m bres y mujeres no dispongan en el mundo de un medio tan justo y apropiado como él tuyo, la jaula de ios tigres, para cerciorarse bien, á su dolor y desengaño, de cómo son de inmensos y constantes iriuchos de los cariños de la tierra, y de apasionados los corazones de algunas criaturas, que sueñan y, pintan, á la ligera los más locos é ideales extravíos de un perdurable amor sin cuidarse antes de escrutar y teníplar bien sus almas... MANUEL CARRETERO DIBUJOS DE REGIDOR