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y a más amansados los tigres y las hienas, quiso el indio probar su gran fuerza y todo el dominio que ejercía sobre aquellos feroces animales, é hízose acompañar en su trabajo por su bella esposa. ¡Oh, pero de qué forma! Omán no era un artista vulgar ni un domador farsante de esos que de vez en cuando vemos por circos y barracas, mostrando á un público inocente pantomimas de valentía. Era también Omán un varón fuerte, que sabía medir toda su resistencia. Imaginó, pues, algo nuevo que á todos diera cabal juicio de su fortaleza. Desnudólos brazos y las piernas de su amada compañera, y así dispuestos, los tiñó con sangre de un cordero recién sacrificado. Hizo más. Enredó los humeantes y sanguinosos despojos del tierno animal muerto al cuello, á la espalda y al pecho de la mujer, y luego, ya adornada de ésta tan desapiadada y original manera, entró con ella sereno en la jaula de los tigres, que con las hienas, al olor de la sangre y ante la vista del sabroso regalo de delicada vianda que ellos tan bien conocían, se encrespaban enfurecidos y bramaban como mar tormentoso y temible... Figuraos los momentos de ansiedad. Aquella ávida multitud quedaba por unos instantes temblorosa, absorta, y ansiando aún más emociones, porque las fieras, como os imaginaréis, eran vencidas, subyugadas por el indio, y giraban, giraban veloces, centelleantes sus ojos, amedrentadas, cobardes, en torno de la admirable mujer, que jamás tocaban... Pero VLV. día el público cruel salió del nuevo y emocionante espectáculo más contento aún. Las fieras no habían obedecido aquella vez ni la voz acerada del domador ni cedido tampoco á su férreo látigo, y de súbito, raudas, habían acometido á la mujer, que en medió del compartimiento excitaba á diario insaciables apetitos. ¡Terrible escena, donde la sangre de una mártir se mezcló con la del cordero! Muerta de este trágico modo la compañera, ofreció el esposo, como última delicada ofrenda, substituirla siempre en su arriesgada tarea, y él mismo, ensangrentado, como, ella en su tiempo, colocábase en medio de la jaula todas las noches para divertir á los públicos. Su hija, la bella Dorinda, había crecido, y, ya mujer eclipsó en arrojo á todos sus ascendientes. Dorinda substituyó á su vez al padre, y con gentileza y valor hacía restallar su látigo, mandaba á las fieras y las miraba con más fuego aún en sus ojos que las fieras en los su 3 os... Transcurrió algún tiempo. Otro día, á una nueva populosa ciudad tocóle la suerte de contemplar espectáculo parecido al de antaño. Las hienas aquella noche, aprovechando un descuido de Dorinda, saltaron rabiosas, frenéticas, sobre el domador. Dorinda lanzó un grito horrible, desgarrador, y metióse como un rayo en medio á luchar con las fieras, con más ímpetu que ellas, mordiéndolas, hiriéndolas... Cuando consiguió vencerlas, ya era, tarde; el bravo Omán. había muerto, y Dorinda quedó huérfana. Así llegaba, por su desgracia, al lugar de que os hablo al principio de esta narración, y en este sitio, que la domadora visitaba por vez primera, fué recibida, como en todas partes, con indescriptible entusiasmo y agasajada como á reina. Viajaba Dorinda con ostentación, en un admirable tren de su propiedad, dispuesto con exquisitas comodidades y lleno de lujos asiáticos. Terminaba el convoy la formidable jaula donde vivían los tigres y, las hienas. Toda aquella enorme impedimenta era gobernada con mucho orden por hábiles criados, á cuyo frente venía el hércules Alástor, hombre gigante, joven y hermoso, tal vez descendiente de Alemena, y muy digno de ahogar entre sus potentes miembros á un nuevo Anteo, y tan forzudo, que sus piernas y brazos no flaquearon nunca é hiciéronse famosos en todas las más grandes luchas romanas de circos. Las gentes superficiales, amigas de la murmuración, daban como cosa cierta los amores de la hermosa Dorinda y del hércules Alástor. Sin embargo, como ocurre muchas veces, estas figuraciones del vulgo estaban muy lejos de la verdad. Conocido era ya por alguno que otro el misterio por el cual Alástor seguía como un esclavo á la domadora y la servía. Sí, era el amor, pero sin correspondencia por parte de Dorinda. Antigua era la loca pasión del hércules, más que ciego y emberrenchinado años y años por hacerse amar de Dorinda. Y subía ya de punto el fuego y el repetido anhelo de Alástor á un suplicio que ni fuerzas hercúleas podían resistir más tiempo. Terminada aquella tarde la faena y todo dispuesto para la presentación del sensacional espectáculo, entró Alástor en los salones de Dorinda. La bella mujer, reclinada sobre ricos cojines pérsicos, releía sus más queridos libros.