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REVISTA ANO x v n covNÍcit o 1 ILUS TT ADAT NUM. 855 MADRID, II DE SEPTIEMBRE DE 1907 Ij LA JAULA DE LOS TIGRES r I á la misma encautadora soberana de aquel reino, mujer que parecía sublime y perdurable creación i j de Mengs ó de Rembrandt, se la acogió nunca con iguales muestras de tan loco entusiasmo... ¡IvleA 1 gaba Dorinda, la esforzada Dorinda, la subyugadora y hermosa Dorinda, con sus tigres de Bengala y sus hienas rayadas del Senegal! Grande y persistente era ya en todo el mundo el renombre de aquella incomprensible y altísima mujer, de negros cabellos como la endrina, y de ojos zarcos, tristes, muy tristes... ¿Su historia? ¡Oh, su historia... ¿Quién no la conocía de haberla visto impresa mil veces, de haberla escuchado otras tantas, de aquí para allá, fuera y dentro, en todos los pueblos? Ahora resurgía de nuevo, agrandada y resplandeciente por últimas hazañas... Diremos que Dorinda era una artista domadora, fría, osada, excepcional. Quizá había nacido aquella criatura en un alto de la errática caravana, j u n t o á la misma enorme jaula de hierro, donde los tigres y las hienas se revolvían implacables; quizá sus ojos se habían acostumbrado desde niña á contemplar la sugestiva belleza de aquellas rugientes fieras, y hasta á considerarlas como á hermanas, y a que algunas habían crecido á su vera y á la par que ella... Fué el padre de Dorinda un hermoso indio mestizo, y su madre una bella cíngara de pura raza, y de líneas tan admirables, que recordaban las de algunas figuras del Boticelii. Familia de exquisitos bohemios artistas, felices con la libertad, con el amor y con el peligro constante. Al principio, recién cazadas las fieras en la India, sólo entraba en la jaula Omán, que así se llamaba el domador; después, transcurrido algún tiempo, y